9 DE AGOSTO · VICTORIOSOS POR MEDIO DE LA FE

David comprendió que los que confían en Dios no serían avergonzados, sino que Él siempre los pone en honra ante sus adversarios. En este salmo nos instruye a: “Confiar en Dios y hacer el bien”. Quizás David pensaba esto en el momento cuando enfrentó a Goliat. Asombrado al ver que todos los soldados de Saúl se espantaban ante la apariencia demoledora del gigante, quien se sentía imbatible y había atemorizado al pueblo de Israel. David había aprendido desde edad temprana a depender de Dios, había sido guardado de las garras de las fieras al enfrentarlas para proteger el pequeño rebaño de su padre. Después de recibir la aprobación del rey, David pide que le permita escoger sus propias armas.

Para sorpresa de muchos, elige armas no incluidas en la lista de ningún guerrero: una honda, unas piedras y una vara de pastor. Pablo, siglos después dijo: “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2 Corintios 10:4). David tenía plena certeza de que Dios le daría la victoria ante Goliat, y lo expresó así: “Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. Jehová te entregará hoy en mi mano, y yo te venceré, y te cortaré la cabeza, y daré hoy los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra; y toda la tierra sabrá que hay Dios en Israel. Y sabrá toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla, y él os entregará en nuestras manos” (1 Samuel 17:45-47).

Cada palabra dicha al filisteo fue profética; David lo enfrentó en la fuerza del Espíritu de Dios y salió victorioso. Sabía que, si obraba correctamente y mantenía su confianza en Dios, Él lo respaldaría. El salmista también nos invita “DELEITARNOS EN DIOS”. Para que las oraciones reciban respuesta debemos cultivar una íntima relación con la presencia del Espíritu Santo.

Deleitarnos en Él debe ser parte de nuestro diario vivir. Escudriñar las Escrituras y disfrutar de lo que Su Palabra enseña debería ser lo principal en nuestra vida. La intimidad con Dios debe ser algo que el creyente anhele con todo su ser. Si la relación de pareja goza de armonía es un deleite cada momento que se comparte; lo mismo debe suceder en la oración. En la medida que nos entreguemos a Dios a través de la oración, disfrutaremos en plenitud Su presencia.

La oración es una relación personal con Dios, Él se deleita escuchando cada palabra que sale de nuestros labios. “Por tanto, os digo que todo lo que pidieres orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Marcos 11:24).