MARZO 5 · UNIDOS POR AMOR

Dios nos creó con la capacidad de amar y la necesidad de ser amados. El matrimonio tiene que tener esa reciprocidad, porque el amor necesita retroalimentarse. Cuando una persona da amor continuamente y no recibe nada a cambio, viene a ser como una flor que, por falta de agua y luz, muy pronto se marchita. Entonces vienen las desilusiones y se secan las esperanzas. Mas cuando ambos ponen de su parte para alimentar el amor, éste crecerá y podrá abrir sus pétalos y exhalar su aroma.
Sé que nuestro matrimonio fue planeado en la plena voluntad de Dios, y nunca he aceptado ninguna mínima duda en mis pensamientos que traten de hacerme creer lo contrario. Sé que cuando alguno de los dos desconfía de su cónyuge, es debido a que no supieron discernir cuando se encontraron ante las presiones circunstanciales, y sus mentes fueron bombardeadas con un sin número de pensamientos incorrectos, que al ser aceptados, se encargaron de sembrar la desdicha en el hogar. Tanto Claudia como yo hemos sido guardianes de nuestros propios pensamientos y jamás aceptamos que terceras personas hablaran mal de alguno de los dos, porque sabemos que esas palabras no sólo llegan a la mente, sino que toman lugar en el centro de nuestras emociones y amargan nuestro vientre. Desde que conocí al Señor Jesús como mi Salvador, propuse en mi corazón no hacer nada que lo pudiera ofender o que me pudiera sacar de su propósito. Y sé que una de las maneras de expresarle mi amor a Dios es manteniendo vivo el amor hacia mi esposa. El apóstol Juan dijo: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?