13 DE OCTUBRE · UNA VIDA DE SANTIDAD

La estrategia del adversario es hacer que las personas perciban el pecado como algo leve, sin mayor trascendencia. Así trata de confundirlos emocional y afectivamente para enredarlos en relaciones tormentosas, para llevarlos a transitar sendas de amargura y frustración. Sabe que si logra controlar y doblegar a una pareja, ellos quedarán desprotegidos.

El principal deseo del adversario es dividir los matrimonios, confundir los hogares, y destruir las familias para ejercer control sobre sus miembros. ¿Quién es nuestro verdadero enemigo? Debemos entender que se trata de un ser espiritual, creado por Dios, quien dirigía las alabanzas en el Reino celestial. Gozaba de respeto por su autoridad y por su vida de santidad. Sin embargo, fue el primer ser que dio lugar al orgullo en su corazón, su altivez lo llevó a sublevarse contra Dios, pretendiendo dar un golpe de estado. Satanás fue el primero en llegar al Huerto del Edén, y logró seducir a la mujer para desobedecer el mandato divino. Dios decretó guerra permanente entre Satanás y la mujer, advirtiéndole que ella le aplastaría la cabeza, y a ella le dijo que él le magullaría el calcañar. En el mismo acto, dio a entender el advenimiento del Mesías que nacería de una mujer. Cuando sucediera, la cabeza del enemigo sería aplastada, aunque el enemigo le heriría el talón. Esto aconteció cuando pusieron uno de los clavos en los pies de Jesucristo. La naturaleza de Dios es santa y no existe nadie que iguale Su santidad.

Elifaz, uno de los amigos de Job, dijo: “He aquí, en sus santos no confía, y ni aun los cielos son limpios delante de sus ojos; ¿cuánto menos el hombre abominable y vil, que bebe la iniquidad como agua?” (Job 15:15-16). El profeta Isaías comenta que cuando murió el rey Uzías vio al Señor sentado en un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Y exclamo diciendo: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos. Uno de los significados de la santidad es “huella”.

Si usted deja un objeto en un lugar por mucho tiempo, verá que al levantarlo deja una marca. Algo similar sucedió con Moisés después de estar cuarenta días ante la presencia de Dios. Cuando bajó del monte, todos vieron la marca, pues su rostro resplandecía a tal punto que el pueblo tuvo que colocarle un velo, ya que mirar su rostro resplandeciente les recordaba que tenían que vivir en santidad e integridad.

Ese cordero que padecido, es el mismo que nos dio un lugar de privilegio en Su reino a todos los que hemos creído en Él, y que por causa de Su sangre tuvimos entrada al lugar santísimo, que es donde mora el padre celestial.