7 DE MAYO · UNA OFRENDA QUE DIO VIDA

En un mundo lleno de religiosidad, las personas encuentran un abanico de ofertas, y todas muy atractivas, para aquietar sus conciencias, pero debemos entender que Jesús no encaja dentro de ese esquema, Su obra es única y solo puede ser entendida y revelada por el Espíritu de Dios. El simple hecho de que Dios se hubiese fijado en mí, que confrontara la realidad de mi pecado, lo cual me llevó al arrepentimiento, y me hiciera ver que para mí había una segunda oportunidad, rompe cualquier esquema.

Cuando Jacob tuvo su encuentro cara a cara con el ángel del Señor, él dijo: “Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma” (Génesis 32:30). El patriarca Job, quien se justificaba por no comprender el por qué de su situación, frente a frente con el mismo Señor, expresó: “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:5-6). El profeta Isaías quedó asombrado cuando vio la gloria del Señor y exclamó: “¡Ay de mí! Que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6:5).

Después de que entendí que Él pago un precio muy alto por mi redención, y al apropiarme en fe de lo que Jesús hizo por mí, me sentí como si hubiese nacido otra vez, por varios meses me sentí como si fuese la única persona en este mundo que había obtenido una gracia tan infinita, pues mi conversión fue muy personal, todo aconteció en mi casa sin que estuviese aún vinculado a ninguna organización cristiana, y cuando hablaba con las personas que me rodeaban sobre mi encuentro con Jesús, me daba cuenta por las expresiones de sus rostros que ninguno podía disimular su asombro.

Perdí mis amigos, también mi familia me pidió que me fuera de la casa. Pero nada de esto me afectaba, porque el gozo que había en mi corazón superaba cualquier circunstancia. Todos los días les hablaba a las personas de Jesús, siempre que veía a un grupo de jóvenes acudía a ellos para contarles mi experiencia con Jesús.

Lo más impresionante de todo fue que el temor a Dios se despertó dentro de mí; además, después de que Jesús me lavó con Su Sangre sentí que tenía una voluntad pura que había sido redimida de cualquier contaminación y que mi destino dependería de la manera en que eligiera dar cada paso que tomase en esta vida; por lo tanto, en ese momento me determiné a tomar del fruto del árbol de la vida, que es la Palabra de Dios, y a que cada paso que diera fuera direccionado por el poder de Su Santo Espíritu.

Puedo decirles que en todos estos años la gracia de Dios me ha sostenido, Su palabra me ha guiado y Su Espíritu me ha protegido.