27 DE ABRIL · UN PACTO ETERNO

“Era Abram de edad de noventa y nueve años, cuando le apareció Jehová y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto. Y pondré mi pacto entre mí y ti, y te multiplicaré en gran manera.” (Génesis 17:1-2).

Abraham había caminado por 24 años esperando en la promesa que Dios le había hecho de darle un hijo. Pero aunque cada día parecía estar más lejos de alcanzar esa promesa; Abraham no se debilitó en la fe, sino que se mantuvo firme creyendo en la promesa. El apóstol Pablo al respecto escribió: “El creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido.” (Romanos 4:18-21).

No fue fácil para Abraham, pero esta prueba lo llevo a conocer la verdadera esencia de la esperanza. La esperanza humana es pasajera, la esperanza del adversario es engañosa; pero la esperanza de Dios es eterna. Y Abraham decidió echar mano a la esperanza Divina; también su fe fue probada en gran manera; pues sentía el peso de los años, siendo de casi cien años de edad y por otro lado era consciente de la esterilidad de su esposa Sara que humanamente hablando seria algo imposible desde cualquier punto de vista, pues la costumbre de la mujer cesa a los 45 años de edad y Sara tenia 90 años; en otras palabras era doblemente estéril. Tampoco permitió que el espíritu de incredulidad lo llevara a desconfiar de la promesa. El efecto que toda esta prueba produjo en Abraham fue completamente opuesto al que la mayoría de personas experimentan en la misma situación. Porque él se fortaleció en la fe, le dio gloria a Dios y mantuvo la convicción de que Dios jamás quebranta sus promesas.

“Entonces Abram se postró sobre su rostro, y Dios habló con él, diciendo: He aquí mi pacto es contigo, y serás padre de muchedumbre de gentes.” (Génesis 17:3-4).

El pacto de Dios con un hombre es, por lo general, también con su descendencia; pues en la medida que los hijos guarden el pacto, Dios cumplirá y ampliará Sus promesas para con ellos así como también, sus responsabilidades. Poco antes que Jesús fuera entregado por Judas, instituyó la Santa Cena.

Al tomar el vino dijo: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Lucas 22:20b). Quien bebiera de aquella copa entraría en un nuevo pacto con Dios