16 DE FEBRERO · TIEMPO DE HABLAR

Durante el siglo veinte, cuando aún no había correo electrónico ni fax, sino sólo correo aéreo y telegrama, un anciano encargado de la limpieza de la sucursal número 15 del correo capitalino de Santiago de Chile se distrajo por un instante. En vez de poner tinta en los tinteros que usaba el público para escribir telegramas, los llenó de creolina, un líquido negro que usaba para desinfectar los baños y los pisos.

Los habitantes del sector que llegaban a enviar telegramas notaron un olor particular en la «tinta»; sin embargo, como servía para escribir la utilizaron. Un empleado que atendía en la ventanilla descubrió el error, se limpiaron los tinteros y se volvieron a llenar de tinta.

El empleado, con aire de filósofo, hizo este gracioso comentario: «Bueno, después de todo hemos estado enviando mensajes desinfectados toda la mañana.»

¡Qué bueno sería que «desinfectáramos» todos los mensajes que transmitimos! Nuestra lengua, que es nuestra pluma parece estar cada vez más cargadas de palabras negativas.

Las palabras que pronunciamos demuestran el contenido de nuestra alma, de modo que si en nuestra alma hay maldad, enojo y resentimiento, ese será el contenido de nuestras palabras.

La buena noticia es que tenemos a nuestra disposición un desinfectante maravilloso, capaz de limpiar perfectamente nuestro corazón. Es la sangre de Jesús y la Palabra de Dios. Si la aplicamos a nuestro corazón, desinfectará y purificará toda palabra que salga de nuestra boca.