3 DE NOVIEMBRE · TIEMPO DE SANTIDAD

Al renovar la mente, usted estará listo para recibir la marca de la santificación en los labios. El profeta Isaías tuvo una visión en la cual vio a Dios y Su Gloria, sentado con los serafines y querubines que le adoraban, y exclamó: “Hay de mí! que soy hombre muerto; porque siendo hombre inmundo de labios y habitando en medio del pueblo que tiene labios inmundos…” (Isaías 6: 5).

El profeta Isaías entendió que se había contaminado con el lenguaje de su nación y estaba hablando como ellos. Por eso se arrepintió y vio cómo el ángel voló hacia él con un carbón encendido, y tocó sus labios para que le fuera quitada la culpa y fuera libre de su pecado. Si usted no santifica su manera de hablar, no podrá expresar el lenguaje de la fe. Para que usted hable palabras de vida, Dios debe santificar sus labios. Todos deben hablar en fe, positivamente y en sentido de crecimiento.

Las palabras de fracaso son las que menos quieren escuchar los que están a su alrededor como su familia. Necesita una voz de ánimo y de afecto. Hábleles de lo que usted ve en ellos a través de la fe. Cada palabra que sale de sus labios los debe edificar. Cada vez que usted hable, debe ser para construir, porque eso los llevará al desarrollo y al éxito; sus palabras tienen que motivar; todo lo que diga debe ser un bálsamo para sus vidas; ellos deben anhelar estar con usted. Si hacen algo incorrecto, no los destruya, trátelos con amor. Tenga en cuenta que un solo pensamiento negativo producido por sus palabras puede destruir todo lo que el Señor haya edificado en ellos.

El Señor llevó al profeta Ezequiel a un valle de huesos secos y le dijo: “¿Vivirán esos huesos secos?”, y Ezequiel respondió: “Señor, Tú lo sabes”. Pero el Señor le dijo: “La respuesta está en tu boca. Profetiza sobre estos huesos…” (Ezequiel 37:1-4). Cuando nuestros labios son santificados, podemos dar palabra de vida. Si usted le pide a Dios pureza de labios, el Señor además pondrá dentro suyo la palabra de autoridad que desata vida.

La confesión que hagamos aquí en la tierra, moverá a una genuina adoración en el cielo, porque tres grupos en el cielo toman inmediatamente esas palabras de confesión y son motivados a postrarse y adorar al Señor. De lo que nosotros proclamemos aquí en la tierra, depende la adoración que le den al Señor en el cielo. Esa confesión mueve a los ángeles, mueve a los ancianos y mueve a los querubines a que se postren sobre sus rostros y adoren delante del trono.