13 DE FEBRERO · TENER MISERICORDIA DE QUIEN NO LA MERECIA

Un maestro estaba buscando una vasija para usar. En el estante había muchas- ¿Cuál escogería? Elígeme, gritó la dorada. “Soy brillante, tengo un gran valor y todo lo que hago, lo hago bien; el oro sería lo mejor”.

El maestro pasó sin pronunciar palabra; vio una plateada, angosta y alta; “Yo te sirvo amado Maestro, vertería tu vino y estaría en tu mesa cada vez que comieras; mis líneas son agraciadas y mis esculturas son originales, la plata te alabaría para siempre”.

Sin prestar atención el Maestro camino hacia la de bronce, era superficial, con una boca ancha y brillaba como un espejo: “Aquí. Aquí” grito la vasija. “Se que te seré útil, colócame en tu mesa donde todos me vean”. “Mírame” gritó en otro lado una copa de cristal muy limpia. “Mi transparencia muestra mi contenido claramente, soy frágil y te serviré con orgullo y seré feliz de morar en tu casa”.

Luego el Maestro miró hacia abajo y fijó sus ojos en una vasija de barro, vacía, quebrantada y destruida. Ella no tenía ninguna esperanza de que el Maestro la escogiera para volverla a formar, llenarla y usarla.

“Ah, esta es la vasija que he deseado encontrar, la restauraré y la usaré, la haré toda mía. No necesito la vasija que se enorgullezca de sí misma, ni la que se luzca en el estante, ni la de boca ancha, ruidosa y superficial, ni la que demuestre su contenido con orgullo, ni la que piensa que todo lo puede hacer correctamente”, dijo el maestro y cuidadosamente levantó la vasija de barro; la restauró y purificó y la llenó.

No menosprecies tu situación, en las manos del maestro eres bello, útil y productivo.