21 DE NOVIEMBRE · SOMOS ACEPTOS EN EL AMADO

Desde que un bebé nace su necesidad primordial es recibir el amor de sus padres. Ese amor es el que permite que el recién nacido crezca en seguridad y confianza, cada paso que comienza a dar en su temprana edad, busca recibir la aprobación de ellos. Pero muchas personas han sufrido el rechazo, han sido marcados con experiencias que se vinieron a convertir en algo traumático, en algunas ocasiones en la niñez, pero ello puede ser restaurado cuando se vuelven a Jesús de todo corazón porque Él nos aceptó. La meta del adversario es deteriorar nuestra imagen, porque él odia a Dios y a todo lo que se parezca o se relacione con Él, contrario a esto es el deseo del Señor Jesús: ¡que recuperemos nuestra identidad!

A través del profeta Ezequiel, el Señor habla a su pueblo y hace una comparación y dice: “Y en cuanto a tu nacimiento, el día que naciste no fue cortado tu ombligo, ni fuiste lavada con aguas para limpiarte, ni salada con sal, ni fuiste envuelta con fajas. No hubo ojo que se compadeciese de ti para hacerte algo de esto, teniendo de ti misericordia; sino que fuiste arrojada sobre la faz del campo, con menosprecio de tu vida, en el día que naciste” (Ezequiel 16:4,5).

Aquí el Señor corre el velo y muestra cómo eran las personas antes de conocer a Jesús como Su salvador. Repudiadas, rechazadas, nadie las valoró, todos los que se acercaban era para aprovecharse de ellas, pero cuando llegan a Jesús el Señor las acepta, les perdona y les restaura y por eso dice que fuimos aceptos en el Amado, pero, ¿para qué Él nos aceptó? para que le alabemos y le glorifiquemos, para que le sirvamos con todo el corazón.
“¿Por qué fue perpetuo mi dolor, y mi herida desahuciada no admitió curación?” (Jeremías 15:18).

Algunas heridas fueron causadas desde la niñez, y como fueron heridas emocionales, quedaron muy grabadas en lo profundo del corazón, y muchos se hicieron a la idea de que ese dolor perduraría para siempre y que no hay remedio que pueda quitar su aflicción. No obstante, el mismo Señor da la respuesta cuando dice: “Por tanto, así dijo Jehová: Si te convirtieres, yo te restauraré, y delante de mí estarás; y si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca. Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos” (Jeremías 15:19).

Y m’as adelante dice: “He aquí que yo les traeré sanidad y medicina; y los curaré, y les revelaré abundancia de paz y de verdad” (Jeremías 33:6). Y en el libro de Job, el Señor dijo: “Si alguna iniquidad hubiere en tu mano, y la echares de ti, y no consintieres que more en tu casa la injusticia, entonces levantarás tu rostro limpio de mancha, y serás fuerte, y nada temerás; y olvidarás tu miseria, o te acordarás de ella como de aguas que pasaron” (Job 11:14-16).