24 DE NOVIEMBRE · SIRVIENDO A UN DIOS PODEROSO

Jesús cumplió su misión de traer la redención a la humanidad, pero ésta tiene que ser complementada con una rendición total de nuestra vida a Él. Esto nos daría el derecho de convertirnos en hijos de Dios y participar de su naturaleza divina, pero nuestra vida debe estar distanciada de la corrupción de este mundo (2 Pedro 1:4). «O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque por el fruto se conoce el árbol» (Mateo 12:33). En otras palabras, el compromiso de servir a Jesús es una decisión que cada cual debe tomar. Y si ha tomado la decisión de servir a Dios, entonces póngase al nivel de su compromiso.

Los primeros discípulos de Jesús fueron firmes y determinados en su fe, que nada los intimidaba y sin importar o que tuvieran que afrontar, no dejaban de predicar de Jesucristo. “Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido.” (Hechos 4:32-34).

Debemos entender que todo lo que aconteció en la antigüedad, es un ejemplo para cada uno de nosotros. Los apóstoles además de ser tremendos siervos e Dios, se convirtieron en nuestra mas grande inspiración; pues Dios no hace acepción de personas. Ellos comprendieron que en la cruz Jesús pago el precio de nuestros pecados; y fue tratado como si hubiese sido un delincuente; y por lo tal fue flagelado con el látigo de Roma. Este tenía varios rejos, y cada uno de ellos tenía incrustaciones de metal y hueso filoso en sus puntas.

Cada latigazo que Jesús recibía le iba desollando la piel de su espalda, hasta quedar en carne viva, pues los azotaron treinta y nueve veces. “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” (Isaías 53:4-5)

Los científicos han comprobado que existen treinta y nueve clases de enfermedades, cualquier otra es una ramificación de alguna de ellas. No es casualidad entonces, que Jesús hubiese recibido treinta y nueve latigazos. Fue como hablándole al mundo que toda enfermedad y dolencia, sin importar su origen o ramificación, sin importar su tamaño o duración, era cancelada en sus espaldas. “Y por cuya herida fuisteis vosotros curados” (Isaías 53:5).

Si logramos que cada persona entienda que en la Cruz del calvario el Señor Jesús derrotó completamente a los demonios, y que nos dio la autoridad de reprenderlos en su Nombre, veremos muchas vidas transformadas por el poder de Jesucristo.