22 DE ENERO · SANTIFICADOS POR SU SANGRE

Una joven cristiana le pidió a su papá que la llevara a una fiesta mundana. El padre que también era cristiano se negó. Pero ante la insistencia de su hija que la llevara, que no iba a bailar, sólo iba a ver, aquel hombre accedió. En el camino al centro de fiestas, el padre le dijo a su hija, que llevaba un hermoso vestido blanco: Pasemos antes a la mina donde trabajo.

Necesito recoger algo. “Pero papá, replicó la muchacha, ¡me voy a ensuciar mi vestido blanco!». «No contestó su padre, sólo vas a ver, no toques nada. Entraron a la mina, y al salir, el vestido blanco, hermoso de aquella señorita, estaba sucio, manchado por el polvo del carbón de la mina. «Papá, mi vestido está sucio lleno de carbón, pero si no toqué nada», exclamó angustiada la joven. Así, igual, le dijo el papá, en la fiesta del mundo te vas a ensuciar tu testimonio, tu vida cristiana, por el ambiente de pecado, aunque sólo estés viendo.

De la misma manera actúa el mundo con nosotros, tan sutilmente que, aunque nos cuidemos de no hacer ni participar de lo que hacen los demás, el solo hecho de estar en el mismo lugar, diciendo que por ser diferentes marcamos la diferencia, igual nos ensucia la vestidura blanca con la que Dios nos vistió para estar en Su presencia. Tengamos cuidado. Que sea de bendición.