FEBRERO 24 · SANIDAD DIVINA

Como leímos en este pasaje, el día de ayer, el buen samaritano tomó al hombre herido, lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y lo cuidó. Esto significa que Dios nos hace partícipes de todas sus bendiciones y privilegios, conduciéndonos a una iglesia para que cuiden de nosotros. El mesón representa la célula, la iglesia, el lugar donde líderes y pastores estarán ayudándonos en nuestro crecimiento espiritual y en el fortalecimiento de nuestra fe. 

Luego, el buen samaritano dijo al mesonero: “Cuídamele” Podemos entender que todo lo que hagamos por los más necesitados, el mismo Señor nos lo recompensará. No importa la clase de heridas que las personas tengan en su corazón, Él quiere sanarlas. A través del profeta Jeremías, Dios dijo, incurable es tu quebrantamiento o herida, y dolorosa tu llaga (Jeremías 30:12). Dios podía ver la condición espiritual en la cual se hallaba Su pueblo. A causa de ello, les habló la siguiente palabra: “He aquí que yo les traeré sanidad y medicina; y los curaré, y les revelaré abundancia de paz y de verdad” (Jeremías 33:6). La medicina de Dios sólo puede ser dada a conocer a través de Sus siervos. Por eso es importante que al ganar a alguien para Cristo podamos consolidarlo mediante un Encuentro, pues es allí donde recibirá la medicina que lo curará de esas lesiones que son tan profundas que aún no han logrado borrarse de la memoria y se encuentran como una marca dentro del corazón. Son más fuertes que las heridas físicas y, a veces, duelen más que ellas. Para esto, nuestro Dios tiene un bálsamo: El óleo de Su Santo Espíritu. Él quiere tocar las fibras más íntimas de nuestro ser, quiere sanarnos y darnos aun lo que esos seres, a quienes amábamos, nos negaron. Él viene a acompañarnos, a consolarnos y a decirnos que ya no estaremos solos, sino que ahora disfrutaremos de Su protección y Su amor.