FEBRERO 22 · SANANDO LAS HERIDAS

La motivación más grande que tuvo Jesús para conformar su equipo fue la compasión. Por medio de ella podía ministrar y consolidar las personas que se le acercaban y que estaban desamparadas como ovejas sin pastor. Por eso instruyó a sus discípulos a orar al Señor de la mies para que enviase obreros, porque la mies era mucha pero los obreros, pocos (Mateo 9:35-38). 

Este pasaje nos da una de las mejores descripciones de cómo se encuentran quienes viven distanciados de Dios. Satanás, a quien el mismo Señor llamó “ladrón”, viene para hurtar, matar y destruir (Juan 10:10). Aquellos que han caído en sus garras quedan como el hombre de esta parábola, despojados de todo lo que han conseguido en un solo instante, el diablo roba todo cuanto tienen, incluyendo su fe, abandonándolos medio muertos en el camino.

Cuando una persona sufre una herida requiere, inmediatamente, un antiséptico para evitar cualquier infección. Así como sucede en lo natural, ocurre en lo espiritual. Del mismo modo como una herida física no tratada debidamente produce infección, una herida espiritual o emocional carente de sanidad divina conduce a infiltraciones en el alma como la amargura, el odio, la venganza, la depresión, la soledad y la tristeza. 

Una de las estrategias del enemigo es entrar de manera muy sutil en la vida de las personas y ganar terreno hasta tener completo control sobre ellas. Frecuentemente, las heridas que más perturban al ser humano son las causadas por quienes más confiesan amarlo; entre ellos, el cónyuge, los hijos, los padres o los hermanos. Satanás quiere robarnos la felicidad, asaltar la esperanza y despojarnos de toda ilusión. Así, reduce nuestras fuerzas y nos deja sin ánimo para enfrentar la presión de las emociones lastimadas. En ese momento es cuando bajamos la guardia, aceptamos la derrota y comenzamos a creer que el fracaso es parte de nuestro vivir. Debemos entender que esto no es verdad. El propósito divino para nosotros es de  completa paz, libre de todo tipo de opresión.