18 DE ENERO · RESTAURANDO EL ALTAR CAÍDO DE DIOS

Era un abogado más entre los muchos que entran y salen de la cárcel. Traje bien cortado, camisa
impecablemente blanca, corbata brillante y llamativa, lentes de oro, bigote hirsuto, cabello largo
bien peinado y zapatos bien lustrados. Venía con un maletín lleno de papeles debajo del brazo.
El abogado pasó de largo a varios guardias, y ya estaba por ganar la calle cuando el último guardia
dijo: «Ese no camina como abogado.» Y lo detuvo.
En efecto, no era un abogado. Era Ray Browning, uno de los narcotraficantes más infames del
mundo. Estaba preso en la cárcel de Los Ángeles, California. Hubiera salido libre, valido de su
astuto disfraz, de no haber sido por el perspicaz guardia que lo detuvo, quien dijo: «Lo conocí por
su manera de caminar.»
Qué interesante frase: «Lo conocí por su manera de caminar»!
La verdad es que a casi todos se nos conoce por algún detalle: a algunos por el rostro, que es,
quizá, lo más común; a otros por la voz; a otros por ciertas palabras que repetimos a menudo sin
darnos cuenta. Pero evidentemente también se nos puede reconocer por nuestra manera de
caminar.  Ray Browning, caminaba de una forma singular, y esa forma característica suya fue lo
que lo delató.
¿Podrá alguien enderezar nuestro andar? Sí, Jesucristo puede guiarnos por un camino recto. Pero
no tendremos que andar solos, pues Él nos acompañará en ese camino de tal modo que se nos
conocerá no sólo por el refrán que dice: «Díme con quién andas» sino también por la variante que
dice: «Muéstrame cómo andas, y te diré quién eres.»