25 DE JUNIO · RENOVANDO NUESTRA MENTE

El ser humano tiende a amoldarse a las circunstancias y conformarse con lo que ya ha logrado. Es fácil de entender, porque cada comienzo implica dejar atrás lo conquistado para explorar algo desconocido; mas la vida de fe consiste en conquistar sin desmayar. Implica ajustar nuestros pensamientos a Su Palabra. Los grandes avances de la tecnología resultaron del inconformismo, dado que los científicos entendieron que había mucho más para explorar y que ellos serían los protagonistas de la historia.

El Señor Jesús dijo: “Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo romperá los odres y se derramará, y los odres se perderán. Mas el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar; y lo uno y lo otro se conservan. Y ninguno que beba del añejo, quiere luego el nuevo; porque dice: El añejo es mejor” (Lucas 5:37-39). Al aceptar a Jesús como su Salvador, la persona recibe un espíritu nuevo; lamentablemente, por no renovar la mente, muchos son como odres viejos y se desvanecen las bendiciones que Dios anhela darles. Por no sustituir lo antiguo por lo nuevo, lo cual sucede por medio de la Palabra, la bendición se pierde.

A través de Su profeta, el Señor dijo: “Sin embargo, mi pueblo ha trocado su gloria por lo que no aprovecha. Espantaos, cielos, sobre esto, y horrorizaos; desolaos en gran manera, dijo Jehová. Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua” (Jeremías 2:11b-13). Dios hace una importante advertencia al declarar que Su pueblo había cambiado Su gloria por lo que no aprovecha. Muchas veces cambiamos la gloria divina -manifestada a través de la fe- por las cisternas rotas de la tradición y el legalismo. Aunque el anhelo del Padre es siempre derramar Sus bendiciones, esas cisternas tienen tantos orificios que no pueden retenerlas.

Solo a través de la renovación de la mente, es cuando comprenderemos que la voluntad de Dios para nosotros es: Buena, agradable y perfecta. (Romanos 12:2). Pablo se encontró frente a un gran dilema, y dijo: “Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Romanos 7:22-25). Y luego añade: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.” (Romanos 8:1).