29 DE JUNIO · RENACIDOS PARA DIOS

La vida cristiana no es seguir un código de reglas, es un renacer a la verdadera vida. Pablo escribió: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.” (Efesios 2:1-3).

Como podemos ver, el pecado nos había matado, la corriente de este mundo controlada por Satanás nos había atrapado; fuimos esclavos de los deseos carnales, que doblegaron nuestra voluntad; los pensamientos demoniacos nos controlaban y nos dejamos dominar por la ira. “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)” (Efesios 2:4,5). Gracias a la intervención divina, ocurrió el renacer.

El apóstol Pedro antes de decir que somos renacidos, dice que fuimos rescatados de la vana manera de vivir, por medio de la preciosa Sangre de Cristo (1 Pedro 1:18-19). La Sangre de Jesús tuvo que ser derramada para llevar a cabo el proceso de santificación. Cuando reconocemos nuestros pecados, lloramos ante Dios y nos arrepentimos con todo el corazón, entonces la Sangre de Jesús nos limpia; luego Él establece la semilla de Su Palabra dentro de nosotros. Jesús es el Árbol de Vida y la semilla de Su Palabra, al ser plantada en nosotros, debe dar la misma clase de fruto, porque la semilla posee la naturaleza del árbol del cual proviene.

La semilla plantada en nosotros es incorruptible, nada tiene que ver con el pecado y la maldad. La semilla de Su Palabra es pura, santa, perfecta. Es la semilla que el Señor planta en quien ha sido lavado con Su Sangre. Al hablar de ‘simiente’ se refiere a una descendencia o ascendencia, es decir, algo genético. No habla de lo heredado de nuestros padres porque ellos pecaron, murieron y nosotros sufrimos las consecuencias; habla de que recibimos la Palabra pura, santa, imperecedera de Dios para que, por ella, podamos crecer.

“Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada para que por ella crezcáis para salvación” (1 Pedro 2:1-2). Así como hay elementos que pueden agriar la leche en lo natural, este pasaje habla de cinco aspectos que pueden adulterar la leche espiritual de la Palabra en el corazón humano: malicia, engaño, hipocresía, envidias y todas las detracciones.