7 DE OCTUBRE · RELACIONÁNDONOS CON DIOS

Durante mi niñez tuve la oportunidad de visitar el pueblo donde mis papás habían vivido toda su infancia, fue emocionante saber que tenían un pequeño rebaño de animales al cual habían cuidado por años. En mi osadía, pedí a mis padres pastorear sus ovejas, ellos accedieron a mi petición, pero con la condición de que mi hermana me acompañara en esa travesía; como era un rebaño reducido en comparación de otros que vi cerca de su vivienda, dije que no será difícil de hacerlo.

Al día siguiente me levante muy temprano para preparar la merienda del día, y después de las recomendaciones de mis padres, mi hermana y yo salimos a la gran aventura, llevamos una honda aún sin saber manejarla, mientras íbamos camino al establo donde se hallaba nuestro ganado, construimos una vara y un cayado que serían de gran ayuda para encaminarlas.

Cuando llegamos al lugar, abrimos las puertas y fue increíble como todas las ovejas enloquecieron para salir una tras otra, era imposible tomar control de ellas, no sabía cómo llamarlas, no pude usar la honda para evitar que se escaparan y por más que intenté llevarlas hacia los pastos donde tenían que comer, se dispersaron, entraron a terrenos ajenos y tuve que levantar a las más pequeñas; me sentí la peor pastora, porque casi perdimos una.

Me di cuenta de que ellas conocían la de voz su pastor, y no era yo, quizá estaban temerosas de que una extraña las cuidara y las llevara a comer y a beber, porque cada vez que levantaba la vara ellas huían.

Entonces entendí que también nosotros somos ovejas de nuestro Pastor, Jesucristo, quien por su gran amor entregó su vida por cada uno de nosotros, siendo su cuerpo molido y su sangre derramada para que fuésemos salvos, y para que ninguno tuviera que perderse.

Qué alivio nos da saber que nuestro buen Pastor nos conoce, nos llama por nuestro nombre y es su deseo que formemos parte de su redil, para darnos una vida abundante y que nada nos haga falta. Pero a veces nosotros, como ovejas testarudas, somos indisciplinados y al desviarnos hasta llegamos a caernos y maltratarnos; sin embargo al Señor, no le importa llevarnos en sus brazos, recostarnos en verdes pastos y allí, amorosamente cuidarnos y vendarnos si estuviéramos heridos.

A veces creemos que en situaciones dolorosas estamos solos y nos sentimos desfallecer, pero la verdad es que no hay nadie que nos conozca mejor que nuestro buen pastor, quien nos capacita para vencer; así andemos por valles tenebrosos, podemos tener la confianza de que quien tiene el control de todo, es Él.

A pesar de la situación que puedas estar enfrentando corre a los brazos de tu buen pastor, Jesús, su vara y su cayado te infundirán aliento para seguir.

“Aunque ande en valle de sombra de muerte, No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.” Salmo 23:4 (RVR)