SEPTIEMBRE 26 · PUREZA DE CORAZÓN

Aunque el profeta Isaías había servido al Señor por varios años, hubo un momento clave en la vida de él, donde Dios le habló directamente al corazón. Y fue en la época en que el rey Uzías había muerto. 

 Aunque el profeta amaba mucho al rey, y extrañaba su partida, no obstante, el Señor se le reveló; el profeta pudo ver al Señor sentado en su trono de gloria y a los Serafines adorándole, fue en ese contexto que el profeta dijo: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6:5).

Gracias a esta revelación, el profeta pudo darse cuenta de la contaminación que había en su boca por causa de las palabras; por tal motivo dijo: soy muerto. Isaías se había dado cuenta de que su pecado había sido a través de las palabras y que esta contaminación era el resultado de toda una nación que también se había contaminado sus palabras. Sin embargo, inmediatamente la Palabra enseña: “Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado” (Isaías 6:6-7).

Dios llamó al profeta para que le sirviera; pero era importante descontaminarlo y santificar sus labios. Es importante entender que la contaminación que se produce a través de palabras negativas, de queja, de murmuración, de angustia, desesperación o de

maledicencia, etc.  Es lo que ata y oprime a toda una ciudad o a una nación. Y es cuando Dios tiene que intervenir para descontaminar a su pueblo.

Recordemos lo que dijo el apóstol Santiago: “Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno” (Santiago 3:6).