5 DE ABRIL · PROTEGIDOS POR SU SANGRE

Una de las más grandes revelaciones que Dios entregó al pueblo de Israel fue la de la pascua. Sucedió en el momento de mayor incertidumbre de los judíos, mientras vivían bajo la opresión de Faraón; esto llevó al pueblo a clamar a Dios para que hiciera un milagro y los librara de este espíritu controlador. Dios escuchó su clamor y envió a Moisés con la misión de liberarlos de ese yugo, mas hizo esta advertencia: “Cuando hayas vuelto a Egipto, mira que hagas delante de Faraón todas las maravillas que he puesto en tu mano; pero yo endureceré su corazón, de modo que no dejará ir al pueblo” (Éxodo 4:21).

Con ese corazón paternal que siempre ha caracterizado a nuestro buen Dios, también le dijo a Moisés: “Yo os sacaré de debajo de las tareas pesadas de Egipto, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido, y con juicios grandes; y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios; y vosotros sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios, que os sacó de debajo de las tareas pesadas de Egipto” (Éxodo 6:6,7). Dios hablaba a Moisés de lo que vendría en los próximos días: redención, juicio, prodigios y protección. La liberación sería posterior a la redención. Moisés preparó al pueblo de Israel para celebrar la pascua, así estarían protegidos del último juicio que sería devastador en la tierra de Egipto.

Cada instrucción dada por Moisés al pueblo, toda esta enseñanza de la pascua debía ser perpetua y era un símbolo de lo que sucedería cuando Dios enviara a Su Hijo a redimir la humanidad.

El cordero era un prototipo de Jesús, el Cordero de Dios.

El lebrillo, o recipiente, representaba nuestra vida de fe por la cual recibimos los beneficios de la sangre.

La sangre, que debería recogerse en el lebrillo, representaba la sangre que un día Jesús derramaría por toda la humanidad.

El hisopo era un prototipo de la confesión que nosotros hacemos de todo lo que la Sangre de Jesús hizo por nosotros. Quien debía aplicar la sangre era el padre de familia, el cual pintaría el dintel y los dos postes de la casa y ningún miembro de la familia podría salir hasta la mañana siguiente.

“Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta” (Hebreos 13:12).
Jesús desafió a la muerte cuando dijo: “…destruid este templo y en tres días lo levantaré” (Juan 2:19). No estaba hablando a los fariseos, sino que estaba hablando al mismo ángel de la muerte, pues Él sabía que Su muerte era el precio a pagar por el rescate del mundo.

Jesús había enseñado a Sus discípulos diciéndoles: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (Juan 10:11). Cuando se enfrentó a la muerte, ésta lo hirió, pero la sangre derramada por Jesús salpicó el dintel y los postes de la casa. Por medio de Su Sangre, estaba ofreciendo protección permanente a cada uno de Sus hijos.