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“Díganlo los redimidos de Jehová, los que ha redimido del poder del enemigo”. (Salmos 107:2).

Somos conscientes de que estamos viviendo una guerra en el mundo espiritual. San Pablo dijo: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12).

Este pasaje nos habla de una jerarquía demoníaca que está batallando contra nosotros, compuesta por: principados, potestades, gobernadores y huestes de maldad que operan en las regiones celestes. También el Apóstol dice: “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Efesios 6:11). Tomemos un ejemplo de la antigüedad, el momento cuando Dios envió a Moisés para que sacara a Su pueblo de Egipto con mano fuerte y poderosa. Los egipcios endurecieron su corazón pues no querían dejar ir al pueblo de Israel y Dios envió el juicio de las diez plagas.

Antes de que viniera la última plaga, el Señor dio instrucciones específicas a Su pueblo (Éxodo 12:21,22). La instrucción que el Señor dio fue que cada padre de familia sacrificara un cordero, luego depositara su sangre en un recipiente, que tomara un hisopo (una especie de arbusto de esas regiones) y lo introdujera en el recipiente para que se mojara con la sangre del cordero.

En seguida, el padre debía rociar la sangre en los dinteles, los postes y las paredes de la casa con ese hisopo. Si el padre tomaba el recipiente y no usaba el hisopo para aplicar la sangre, este acto carecía de valor. Se necesitaba el hisopo, no podía usar otro elemento, pues el Señor dijo que debía ser con un hisopo. El salmista expresa estas cosas cuando dice: “Purifícame con hisopo y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve” (Salmos 51:7).

Así como cuando David se enfrentó a Goliat buscó cinco piedras lisas y con una de ellas mató al gigante al incrustársela en la frente, esta revelación es como esa piedra lisa; al creerla es como esa onda que confesada y proclamada es enviada con la fuerza del Espíritu y esa palabra es clavada en la frente del gigante al cual podemos derribar.

La palabra de Dios es luz que desenmascara las artimañas del enemigo, y una vez que éste queda al descubierto, la batalla es ganada en un noventa por ciento. El diez por ciento restantes es creer. Como cristianos debemos ser conscientes de que estamos enfrentados ante fuerzas espirituales de maldad, que no las vemos, pero que existen y son reales, no son seres físicos, pero gracias a Jesús, el puso en nuestras manos las armas espirituales para poderles vencer.

Lo único que el Señor nos pide hacer es aplicar la Sangre de Jesús, de la misma manera que los judíos en la antigüedad lo hicieron, cuando ellos tuvieron que celebrar la pascua.

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“Oh Jehová, Dios de mi señor Abraham, dame, te ruego, el tener hoy buen encuentro” (Génesis 24:12).

Una de las misiones más importantes que encargó Abraham a su criado Eliezer fue ir a la casa paterna de su amo y hallar esposa para su hijo Isaac; además le hizo jurar que no permitiría que se casara con una mujer extranjera. Eliezer fue cuidadoso en cumplir lo que le habían confiado y emprendió el viaje con la plena certeza de no regresar con las manos vacías. Salió equipado con regalos muy selectos, preparados para la joven que Dios hubiera escogido.

Cuando ya se encontraba en el lugar correcto, oró para que Dios prosperara su camino y para saber cuál sería la persona indicada pidió algunas señales. Todo se cumplió en la vida de Rebeca.

Tal como Eliezer se lo había propuesto, regresó con la doncella para presentarla a Isaac quien la amó desde el primer instante en que la vio.

Cuando Dios escoge por nosotros, se mantendrá la pureza del amor; si somos nosotros los que escogemos sin Él, nos exponemos a vivir una relación pasajera.

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DÍA 2 · PROTEGIDOS POR SU SANGRE

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