AGOSTO 3 · PORTADORES DE BUENAS NOTICIAS

Cada persona posee un alma que jamás morirá. Servir a Dios es similar a ser portadores de la vacuna que nos rescata de una muerte eterna. El predicar el evangelio es mover un ejercito de ángeles que nos ayudan a rescatar vidas de las garras de Satanás, sacándolas de las llamas del fuego eterno donde su cremación no tendría fin. Como lo enseña Apocalipsis, “Y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche” (Apocalipsis 14:11ª) y las trasladará al reino eterno de la luz gloriosa de nuestro buen Dios. Debemos usar todas nuestras fuerzas, todo nuestro conocimiento, toda nuestra sabiduría para rescatar las almas de la condenación eterna; es ahí donde nuestra prédica tiene que ser agresiva, consistente y dinámica y perseverante.

Hay vidas que están a punto de caer al abismo; si usted no es agresivo en la prédica, posiblemente no se salvarán. Usted tiene que dar un grito, un mensaje que los sacuda, que los haga reaccionar, y recapacitar; un mensaje que los haga detenerse y buscar salvación de la condenación eterna. Dios nos confió a cada uno de nosotros que hemos creído en Él, la tremenda responsabilidad de rescatar a la gente de las llamas del infierno, como lo expresó el proverbista: “Libra a los que son llevados a la muerte; Salva a los que están en peligro de muerte” (Proverbios 24:11).

El Señor Jesucristo sabiamente logró reproducir su unción en doce hombres; y con esto aseguró que el evangelio fuera extendido  por los diferentes lugares del mundo, y que se conservara fielmente para las generaciones venideras. Si Jesucristo sólo se hubiese centrado en predicar a multitudes; tal vez no hubiese logrado reproducir Su visión en otras generaciones; y posiblemente el cristianismo hubiese terminado en sus propios inicios. El Señor le dijo al profeta Habacuc:  “…Escribe la visión, y declárala en tablas, para que corra el que leyere en ella. Aunque la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará” (Habacuc 2:2,3). Cuando la visión entra en el corazón de las personas y ellos la entienden y asumen la responsabilidad que el mismo Señor les está confiando; ellos se convierten en esos mensajeros de vida. “Siendo manifiesto que sois cartas de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo” (2 Corintios 3:3a).