15 DE ABRIL · PODER QUE DA VIDA

“Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).

Estas fueron las últimas palabras que el Señor Jesús pronunció antes de ascender al cielo, mostrando así cuan importante eran cada una de ellas. Al observar al pueblo cristiano, encontramos dos clases de creyentes: Los que ignoran quien es el Espíritu Santo (no conocen Su poder, no lo experimentan, y por lo tanto viven bajo opresión), y aquellos que sí lo conocen, lo cual les permite moverse en la dimensión de lo sobrenatural. Llevar a cabo la obra de Dios con éxito, implica tener el poder del Espíritu Santo dentro de nuestras vidas. No podemos hacer a un lado la unción de Dios y dejar que nuestra mente se conforme sólo con tener información teológica. Debe haber un equilibrio; necesitamos prepararnos e instruirnos, pero también conocer y recibir el poder del Espíritu Santo.

Cuando los apóstoles recibieron el poder del Espíritu Santo, entraron a otra dimensión, y Él respaldaba todas las obras evangelísticas que ellos llevaban a cabo. Días antes de haber recibido la promesa, Pedro había negado al Señor en tres ocasiones, pues en su corazón había temor; más cuando él recibe la promesa del Espíritu, el temor sale de su vida y es revestido del poder de Dios, que ahora moraba en él. En la fiesta del Pentecostés los ciento veinte discípulos que allí estaban fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas las maravillas de Dios. Algunos se burlaron de ellos diciendo que estaban borrachos, más Pedro se puso en pie y dijo: “Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. Mas esto es lo dicho por el profeta Joel…” (Hechos 2:15,16).

A todos los judíos allí presentes les predicó un poderoso mensaje, entre ellos estaban aquellos que días antes habían llevado a Jesús a la Cruz. Pedro ya tenía otro corazón, era el poder del Espíritu Santo. No temía ni a la muerte ni a la persecución. Les habló con tanto poder y autoridad, que tres mil de ellos decidieron entregar sus corazones a Jesús. A partir de ese momento, los apóstoles se dedicaron a hacer la obra de Dios, en la unción de lo sobrenatural.

La iglesia primitiva decide empezar la obra misionera, y después de ayunar y orar, ungen a Bernabé y a Saulo, encomendándolos a la voluntad de Dios.

Ellos tuvieron que enfrentarse ante poderes demoníacos, pero como la unción de Dios estaba sobre sus vidas, las tinieblas eran desenmascaradas. Claramente podían discernir el trabajo del adversario, neutralizarlo y quebrantarlo en el Nombre de Jesús.

Todo aquel que desea hacer la obra de Dios, debe tener el respaldo de la iglesia y la unción de Dios en su vida, pues estos dos elementos le dan la autoridad y el discernimiento para enfrentar cualquier oposición que pueda encontrar en el camino. Recuerde la promesa divina: “No te sobrevendrá mal, Ni plaga tocará tu morada” (Salmos 91:10).