18 DE ABRIL · EL PODER DE LA COMPASIÓN

Eliseo fue discipulado por Elías. Éste le contó cómo había resucitado al hijo de una viuda, cómo lo había llevado a su cuarto, lo había tomado en su regazo y había orado a Dios por el milagro. En el caso de la sunamita, su hijo yacía muerto en su cuarto; Eliseo pudo entender que en cada situación Dios actúa de una manera diferente. Y aquello que había funcionado para Elías, no significaba que debía funcionar con él. Eliseo sabía cómo el principio era el mismo y si Elías había podido resucitar al hijo de la viuda, él también podría resucitar al hijo de la sunamita, pero decidió elaborar su propio método.

Mandó a Giezi a poner su báculo sobre el rostro del niño. Ese bastón o cayado tipifica la enseñanza que a veces un pastor da a su discípulo, pero sin unción para luego enviarlo a trasmitirla a otros sin que nada suceda. El báculo se puede convertir en algo impersonal y externo, y por lo tal, carecerá de poder. De la misma manera, las enseñanzas que sólo llegan a nuestra mente y no descienden a nuestro corazón estarán faltas de fuerza, serán como una vara en el rostro de la persona.

Cuando la enseñanza llega al corazón y se convierte en parte de cada uno de nosotros, alcanzamos una gran compasión por salvar a los perdidos disponiéndonos a clamar con todo nuestro ser por su redención. Es por esto, que algunos que han escuchado hermosas predicaciones en bellos auditorios no se sienten motivados a regresar, el mensaje fue como si les hubieran puesto una vara en el rostro, carente de poder para darles vida.

Dios anhela que de nuestros corazones brote una profunda compasión por quienes aún no son salvos, permitiendo que el Espíritu Santo inspire Su Palabra de vida en nuestro interior para que cuando la proclamemos puedan oír la voz del Señor diciéndoles: “Levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo” (Efesios 5:14b).

Años atrás invitamos a un matrimonio para que presidiera una reunión de milagros en Bogotá. Entrenaron a un grupo de pastores, luego les impusieron las manos y les dijeron que el día de la reunión de milagros Dios los usaría porque ya tenían la unción. Aquella reunión fue como si Giezi les hubiese puesto el báculo en el rostro a las personas; pude ver como la gente salía derrotada y sin esperanza. Antes de realizar la siguiente reunión tuve que hablar con aquella pareja, les dije: “No es necesario que las personas entrenadas oren por la gente, pues sólo pueden activar la fe a través de ustedes, ya que toda la expectativa del evento nace por la manera como Dios los usa. Necesitamos que den inicio a la reunión orando ustedes mismos por los enfermos, el ambiente ha sido preparado durante todo un año con oración y ayuno, y sabemos que Dios se moverá a través de sus vidas”.

Aunque fue difícil para ellos tener que cambiar su esquema de ministración, aceptaron, y esa reunión alcanzó otra dimensión. Cuando empezaron a orar por la gente, ellos pudieron liberar su fe, y los milagros sucedieron de una manera extraordinaria.