8 DE JUNIO · PALABRAS DE VIDA

El profeta Isaías, al contemplar la gloria de Dios, tuvo convicción de pecado, pues entendió que se había contaminado con sus propias palabras y exclamó por misericordia; la respuesta de Dios fue inmediata; pues sus labios fueron purificados a través del carbón encendido que santifico sus labios. “Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí” (Isaías 6:8.). Luego el Señor le dice: “Ata el testimonio, sella la ley entre mis discípulos” (Isaías 8:16).

El profeta presenta la manera cómo el pueblo de Dios puede ser libre de la contaminación que había predominado en la nación. Atar o guardar el testimonio; como lo enseña el Señor a través del apóstol Juan: “Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte” (Apocalipsis 12:11). Atar el testimonio, es declarar con nuestras palabras nuestra redención; “Díganlo los redimidos de Jehová, Los que ha redimido del poder del enemigo” (Salmos 107:2).

Nuestra confesión nos lleva a que la Palabra de Dios quede como un sello en nuestro corazón, y de esta manera podemos ser verdaderos discípulos de Jesucristo. “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:10). Así como en la creación que el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. “Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.” (Génesis 1:2,3). De igual manera el Espíritu de Dios, primero se tiene que mover en nuestro corazón, para que la palabra que Él nos ha revelado, se convierta en la potencia divina, que al trabajar en armonía con nuestras palabras, se produce el milagro.

Al profeta Ezequiel el Señor lo llevó a un valle de huesos secos y le dijo: “¿vivirán estos huesos? Y dije: Señor Jehová, tú lo sabes. Me dijo entonces: Profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd palabra de Jehová.” (Ezequiel 37:3,4). De nuevo el Espíritu de Dios y la palabra unidos, pero en esta ocasión, fue la palabra expresada a través del profeta, lo que operó el milagro.

Apreciado amigo, si usted se contamino a través de palabras negativas, de queja, amargura, de fracaso o de cualquier otra índole, le sugiero que se arrepienta y le pida al Señor que santifique sus labios; y permítale al Espíritu Santo que llene su corazón, con su gracia y con la riqueza de su palabra, para que sepa cuáles son los las confesiones que debe usted expresar, y están tendrán el respaldo del mismo Dios.