3 DE SEPTIEMBRE · CONFORMANDO EL EQUIPO

Dos discípulos de Juan el Bautista quedaron impactados por las palabras de su líder, quien al ver que Jesús pasaba por el lugar, dijo: “He aquí el Cordero de Dios”. Esto despertó su curiosidad y avanzaron hasta alcanzarlo, pero no le decían nada, simplemente caminaban detrás de Él. Al parecer habían avanzado un largo tramo, hasta que Jesús se detuvo y les preguntó: “¿Qué buscáis?” Qué gran pregunta. Algunos siguen a Jesús sin tener un propósito en la vida, lo hacen solo porque así pueden aquietar sus conciencias; unos, porque quieren obtener algún beneficio de Él; otros, por sentir que pertenecen a alguna religión. Sin embargo, Jesús quería saber el porqué estos dos se acercaban a Él.

La respuesta de ellos fue sencilla: “¿Dónde moras?” Esto fue bien interesante. Si es el Mesías, queremos saber dónde vive. Jesús vio esto como lo más normal del mundo y les dijo: “Venid y ved”. Una vez que conocieron dónde moraba, se sintieron satisfechos y se quedaron con Él todo el día (Juan 1:35-39). Jesús fue así conformando Su equipo. Luego Felipe, después Natanael, después Mateo y los otros. Hasta reunir Sus doce. Cuando alguien tiene un encuentro personal con Jesús, no queda en esa persona sombra de duda, viene una convicción plena de que el Señor es el verdadero Dios. Después de su encuentro con Jesús, Felipe buscó a su mejor amigo, Natanael, y le dijo: “Hemos hallado a aquél de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret. Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve” (Juan 1:45-46).

En otras palabras, Felipe dice a su amigo: “Pruébalo usted mismo”. Conocer a Jesús es una experiencia personal y única. En su libro “El plan maestro para la evangelización”, (1963), Robert E. Coleman alude a una pregunta que le hizo a Billy Graham. “Si usted fuera el pastor principal de una iglesia numerosa en una ciudad principal, ¿cuál sería su plan de acción?” El reconocido evangelista respondió: “Una de las primeras cosas que haría sería rodearme de un grupo de diez o doce personas que se reúnan varias horas por semana y paguen el precio. Les costaría algo en tiempo y esfuerzo.

En un período de varios años, yo les compartiría todo lo que tengo, así tendría doce ministros de entre los laicos, que a su vez tomarían ocho o diez o doce o más y para enseñarles. Conozco una o dos iglesias que lo están haciendo y la congregación está revolucionada. Creo que Cristo estableció este patrón; invirtió la mayor parte de Su vida en doce hombres. No pasó este tiempo con una gran multitud. De hecho, me parece que cada vez que tenía una gran multitud, los resultados no eran muchos. Me parece que logró los grandes resultados en Sus encuentros personales y en el tiempo que pasaba con los doce”.