JULIO 26 · MOLDEADOS POR SU AMOR

Dios había preparado de antemano lo que quería que llegáramos a ser en Él. La debilidad o la fortaleza del carácter humano dependen del dominio propio, es decir, de la capacidad de no permitir que nuestros deseos controlen nuestros actos en la vida. Esta actitud define nuestra personalidad. En otras palabras, el dominio propio, como la base del carácter, es la habilidad que cultiva una persona para controlar las emociones y guiarlas en un sentido positivo en el proceso de las relaciones con los demás. 

Con la voz de la experiencia el salmista David dijo: “Confía en Jehová, y haz el bien; y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad. Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón” (Salmo 37:3-4).

Toda buena relación debe estar basada en la confianza; lo increíble es que para algunos, es difícil depositar toda su confianza en Dios. Posiblemente se preguntarán: ¿Cómo puedo confiar en aquello que no veo? Si alguien no puede confiar en lo que no ve, mucho menos podrá llegar a amarlo. El Apóstol Juan dijo: “Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1 Juan 4:21). En la medida que amemos y confiemos en aquellos que vemos, nos va a ser mucho más fácil poder amar y confiar en nuestro Dios todopoderoso. Luego el mismo salmista nos lleva un peldaño mucho más elevado diciéndonos que nos deleitemos en el Señor, y esto significa disfrutar cada instante que estemos con él. Y esto enternecerá su corazón y extenderá su misericordia a cada uno de nosotros y nos dará todo aquello que deseemos. 

Encomienda a Jehová tu camino, Y confía en él; y él hará. (Salmo 37:5). Somos el resultado de las decisiones del ayer y seremos lo que decidamos hoy. Razón por la cual el consejo divino es no tomar ninguna decisión, si ésta no tiene la aprobación divina. Dios se agrada tanto en que actuemos de esta manera que es como depositar nuestro tesoro en la caja de seguridad celestial, donde la recompensa es simplificada al decir que “Él exhibirá tu justicia como la luz, y tu derecho como el mediodía” (Sal 37:6.