MARZO 28 · MEDIANTE EL ESPÍRITU ETERNO

Tanto Jesús como el Espíritu Santo y el Padre Celestial participaron en la redención de la humanidad, cada uno hizo Su parte. Si Jesús no hubiese tenido el apoyo del Espíritu Santo habría sido imposible que la redención se llevara a cabo; fue el Espíritu eterno de Dios el que llenó a Jesús con Su santa presencia y le dio las fuerzas para que pudiese llegar hasta la cruz y ofrendar allí Su vida y Su sangre a Dios, como si fuese un altar; todo lo hizo por el profundo amor que Él tiene por cada uno de nosotros. 

Cuando el Señor dio las instrucciones al pueblo de Israel les explicaba el por qué se debía ofrecer un animal en sacrificio y cómo la sangre derramada haría expiación: “Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona” (Levíticos 17:11). Dentro de la ley divina quedó establecido cómo debería efectuarse la redención: “Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida” (Éxodo 21:23). Entendiendo que la vida está en la sangre, Jesús al dar la sangre estaba ofrendando Su vida por nuestra redención.

Todos los creyentes debemos recibir la revelación de la Cruz, pues si participamos de la muerte de Cristo, también gozaremos de Su resurrección, y si sufrimos con Él, también reinaremos con Él. Lo que más se asemeja a esta revelación es cuando los padres han perdido a su único hijo, circunstancia en la que es muy difícil encontrar consuelo, es un dolor tan profundo que, por más que se quiera, no se puede dejar de llorar.