7 DE NOVIEMBRE · ME GOZO EN PREDICAR EL EVANGELIO

Para el apóstol, el predicar no era algo que lo envaneciera; él lo hacía porque tenía la compasión por la salvación de la gente. Dios había puesto en su corazón el deseo de ganar el mayor número de personas; y esta carga se hizo más grande cuando sus ojos espirituales se le fueron abiertos y pudo ver el fin que les esperaba a aquellos que permanecían distantes de Dios.

Por tal motivo, exclamó: “¡Ay de mí si no predico el evangelio!”. En otras palabras, ahora que soy consciente del fin que les espera a aquellos que permanecen en ignorancia espiritual, ahora que conozco la destrucción eterna que les aguarda a sus almas, ahora que Dios me mostró la responsabilidad que me corresponde en cuanto a la muerte de ellos, debo esforzarme en llevarles este mensaje de esperanza y de salvación. Pablo vio toda la gente que se perdería si él no predicaba el evangelio; Dios le abrió los ojos espirituales y lo pudo entender con claridad.

Él dijo: ¡Ay de mí si no predico el evangelio!, porque seré culpable de un crimen espiritual; habré matado a toda esa gente que no tuvo la oportunidad de oír. Dios le alcanzó para que usted se reproduzca en otros. Si no lo hace, piense cuántas personas se van a perder. Usted puede argumentar que no es importante, que no vale nada, mas Pablo también era hombre pequeño, justamente su nombre significaba eso, y Dios lo usó más que a los otros.

Dios escogió lo necio para avergonzar a los sabios, lo débil para avergonzar a los fuertes. Dios nos escogió a nosotros para avergonzar al mundo; Él necesita de lo poco que usted es, porque lo poco en las manos de Dios se convierte en mucho y se vuelve una gran bendición.

El muchacho que tenía cinco panes y dos peces, permitió que Jesús lo usara para alimentar a una multitud de más de 18000 personas. Lo poco que usted se considera, se multiplica en las manos de Dios. Entréguese al propósito divino, y pídale que le dé el espíritu de evangelista. “Por lo cual, si lo hago de buena voluntad, recompensa tendré; pero si de mala voluntad, la comisión me ha sido encomendada” (1 Corintios 9:17). Para el apóstol, era muy clara la diferencia entre la persona que trabajaba por recibir un salario, y aquel que lo hacía de gusto.

Él dio a entender que la predicación del evangelio no era para sí una carga, pues él disfrutaba lo que hacía. Por ello, ponía toda su buena voluntad en la labor. De lo contrario, creía que se convertiría en alguien que predicaba solo por la paga. “Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número” (1 Corintios 9:19). Pablo dejó sentado uno de los principios fundamentales del evangelismo: tener un corazón de siervo. Él se había propuesto arrebatarle el mayor número posible de almas al adversario, y Dios lo respaldó en esta tarea.