Lo que nos hace diferentes de las otras criaturas es el aliento de Dios. Usted es inteligente, diferente a las demás personas y está hecho a la imagen de Jesucristo por el aliento de Dios. La persona que no tiene el ruàh de Dios no puede vivir la vida cristiana y es diferente a aquellos que tienen a Jesús en su corazón.

Quien no tiene a Jesús, aunque prospere mucho, sus riquezas poco le duran, porque pasará a la eternidad alejado de Dios. Recordemos que la palabra “muerte” significa separación y, quienes vivan separados de Dios, en la eternidad sufrirán tormento eterno.

Cuando Dios nos creó, sopló en nosotros el ruáh, Su aliento. Por causa del pecado del hombre, el ruáh se fue; pero, cuando el hombre se reconcilia con Cristo, el ruáh vuelve. Jesús, antes de subir al cielo, sopló sobre Sus discípulos y estableció el ruáh en el gobierno de los doce, diciendo: “Recibid el Espíritu Santo” (Juan 20:22). En ese momento volvió el ruáh de Dios a nosotros.

Todos tendremos que partir de este mundo un día; mas entre la tierra y nuestro destino eterno hay un espacio, que puede ser lo que David llamó como el valle de la sombra de muerte. Se supone, que por donde tenemos que atravesar es donde el adversario tiene sus dominios, si no gozamos de una muy buena escolta es muy difícil que salgamos bien librados.

Cada vez que uno de los hijos de Dios muere, Dios tiene asignadas escoltas angelicales para que los trasladen hasta la morada eterna. Cuando llegó el momento en que Jesús tenía que partir de este mundo, Él no quiso confiar Su Espíritu al cuidado de los ángeles, sino que encomendó Su Espíritu al cuidado del Padre.

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5 MAYO · EL DIOS ETERNO (EL OLAM)

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