10 DE ENERO · MÁS QUE VENCEDORES

Juana Garrido del Ángel, valiente mujer, tuvo un accidente. Era el 20 de mayo de 1983, en Ciudad
de México. Al intentar defender su cabeza de un golpe, Juana levantó la mano y una gran rama
lastimo su mano izquierda. Juana quedo muy mal herida llego al Hospital Zonal del Instituto
Mexicano. Y a pesar de que habían transcurrido 48 horas desde el accidente su mano estaba
prácticamente muerta, el cirujano Manlio Calogero realizó un milagro quirúrgico: le suturó la
mano con tanta pericia que la salvó. En cuatro meses más, la mano le sería otra vez tan útil como
lo era antes.
He aquí otro milagro, esta vez por concepto de la restauración de miembros amputados, realizado
en México por un maestro cirujano. Cuando la sangre de Juana volvió a correr por las venas y las
arterias de la mano, la mano recobró la vida. Y con el tiempo y un poco de paciencia, esa mano
volvería a ser como antes, y del accidente sólo quedaría como recuerdo una leve cicatriz.
La vida está en la sangre. Cuando ese líquido maravilloso, obra maestra de la creación y no de la
evolución, corre por nuestras venas y arterias, tenemos vida. Sin sangre, nuestro cuerpo no es más
que cadáver reseco. En cambio, cuando tiene sangre, tiene vida, pensamiento, calor, amor, fuerza
e inteligencia.
Dios le dijo al pueblo de Israel por medio de Moisés: «La vida de toda criatura está en la sangre. Yo
mismo se la he dado a ustedes sobre el altar, para que hagan propiciación por ustedes mismos, ya
que la propiciación se hace por medio de la sangre».
La sangre que derramó Dios, sangre pura que vertió para expiar nuestros pecados y así salvarnos
de la muerte, es la sangre de su Hijo Jesucristo, Dios hecho hombre. Es por esa sangre que Cristo
derramó en la cruz del Calvario que todos los que creemos en Él recibimos vida.
Dios se hizo hombre en la persona de Jesucristo. Por las venas de Cristo, debido a su condición de
hombre, corría sangre. Y esa sangre, igual a la nuestra, es vida espiritual para cada uno de
nosotros. Si nos apropiamos de ella, creyendo en el Señor Jesucristo y en su muerte expiatoria por
nosotros, seremos salvos.