25 DE MAYO · MANOS BENDECIDAS

Central Park, en Nueva York, es uno de los parques más famosos y más conocidos del mundo. Lo visitan aproximadamente 35 millones de personas al año.

Un día un joven se encontraba en uno de los bancos del parque, y justo al otro lado se encontraba un hombre de edad avanzada, de unos noventa años, o más. La escena parecía como un espejo del tiempo, a un lado, un joven fuerte y apuesto, y al otro, un hombre desgastado por la vida. De repente el joven miró más de cerca y vio que el anciano quedó con su cabeza inclinada mirando sus manos fijamente.

Al pasar unos minutos el joven se preocupó y decidió acercarse al anciano. “¿Señor, se encuentra bien? No quiero interrumpir, pero ya lleva un tiempo largo sin levantar su mirada”. Con una amplia sonrisa el anciano subió la cabeza y dijo: “Si estoy bien, gracias por preguntar.” Para la sorpresa del joven, la voz del anciano era firme y clara. Mirándolo fijamente expresó: “¿Alguna vez has mirado tus manos detenidamente?”. El joven miró sus manos, les dio vuelta rápidamente para mirar el otro lado y dijo; “Bueno, creo que no las miro muy a menudo”. El joven estaba un poco confundido, no sabía qué quería decirle con esa pregunta. Luego el anciano le compartió:

“Toma tiempo llegar a pensar en las manos que tienes y cómo te han servido todos estos años. Mis manos, aunque estén arrugadas, débiles y cansadas, han sido mi herramienta toda una vida, me han ayudado a salir adelante. Al caer, ellas sostuvieron mi cuerpo, pusieron comida en mi boca y ropa en mi cuerpo. Cuando niño, mi madre me enseñó a unir estas manos en oración y a usarlas para amarrar mis zapatos. Estas manos limpiaron las lágrimas de todos mis hijos y acariciaron el rostro del amor de mi vida. En estas manos entregaron un arma y me enviaron a la guerra, estas manos también escondieron las lágrimas que derramé en esa guerra.

Mis manos han estado sucias, heridas, hinchadas. Temblaron cuando me entregaron por primera vez a mi hijo recién nacido. Estas manos fueron decoradas por una argolla de matrimonio la gran mayoría de mi vida, una argolla que le dijo al mundo que yo estaba reservado para alguien especial. Estas manos escribieron un sin número de cartas; temblaron cuando acompañé a mi hija por el pasillo de la iglesia el día de su boda. Pero nunca temblaron estas manos al llegar al rescate de un amigo en necesidad. Estas manos cargaron niños, consolaron vecinos, demostraban fuerza. Hasta el día de hoy, cuando ya quedan pocas partes de mi cuerpo que siguen fiel a sus funciones, estas manos me aguantan, me ayudan, y siguen unidas en oración”.

Una pregunta que le harán los judíos a Jesús cuando el velo se corra y ellos entiendan el poder de la redención es: ¿Qué heridas son estas en tus manos? Y él responderá: Con ellas fui herido en casa de mis amigos. (Zacarías 13:6).

“y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito.” (Zacarías 12:10b)