23 DE SEPTIEMBRE · LIBRES DE LA ORFANDAD

El Señor, mientras estuvo en la tierra, pastoreó a Sus discípulos con la misma paternidad del Padre; sabiendo que se acercaba la hora de Su partida, les dijo que Él no los dejaría en orfandad sino que regresaría en la persona del Espíritu Santo.

El doctor Derek Prince adoptó nueve hijos en su primer matrimonio. Luego, al morir su esposa, se casó nuevamente y adoptó tres más. Cuando ya tenía once hijos, mientras realizaba una obra misionera en África, llegó a su casa una mujer con un bebé desnutrido en sus brazos en una situación lamentable. Esta mamá le dijo: “Sé que usted puede ayudarme. No puedo alimentar a mi hija, no tengo cómo cuidar de ella. Por favor, adóptela”. A lo que él le respondió: “Es doloroso para mí, con mi esposa ya hemos tomado la decisión de no volver a adoptar niños. Lo siento porque no podemos hacerlo”. La mujer le contestó: “Está bien, gracias de todos modos, pero déjeme quedarme al menos unos treinta minutos aquí para descansar, luego me iré”. Cuando la señora se levantó para salir del lugar, en el momento de la despedida, la bebita estiró sus brazos hacia el doctor. Tomó tal hecho como una señal de Dios de que debía adoptarla y, deteniendo a la señora, dijo: “Un momento, cambié de opinión, vamos a adoptar a la niña”. El resultado de todo esto se vio después de educarla y formarla, pues esa niña trajo tanta alegría a sus vidas como nunca llegaron a imaginarlo.

En la actualidad, es una tremenda misionera en Israel por la intensa compasión que Dios le dio por el pueblo judío. Cuando se adopta una criatura, el hijo adoptivo adquiere los mismos derechos que el hijo legítimo. Ambos son partícipes de idéntica herencia, de la misma familia, de igual trato y los mismos privilegios. Al venir al Señor, ¿cómo nos encontrábamos? La mayoría estaba en una situación lamentable, como si no tuviéramos ni padre ni madre. Desamparados, desnutridos y desnudos espiritualmente.

El Señor nos miró y vio tanta suciedad y fealdad que pudo pensar: “Pero si yo ya tengo un pueblo propio, Israel, con ellos estoy más que satisfecho”. Dios pudo habernos mirado como a extraños, pero no lo hizo. Aunque no teníamos esperanza de redención, extendió Su misericordia y nos amó de pura gracia. Al igual que aquella bebita desnutrida, le extendimos nuestros brazos y Él fue movido a misericordia. A pesar de no ser Su pueblo original, nos hizo pueblo Suyo. Aunque no éramos Sus hijos legítimos, nos adoptó como tales y le plació darnos los mismos derechos y privilegios otorgados al pueblo de Israel. Él nos predestinó para que fuésemos hechos conforme a la imagen de su Hijo (Romanos 8:29).

Somos los únicos que podemos manifestar el aroma de Su conocimiento, porque el carácter de Cristo esta en nosotros. La relación con Él es tan sólida que nada nos podrá separar de Dios (Romanos 8:38-39). Ni las grandezas, ni la opresión, ni la vanidad, ni el brillo de este mundo lo podrá distanciar de esa relación amorosa que existe con el Creador.