16 DE ENERO · LA VOZ DE LA SANGRE

El tren eléctrico corría repleto de pasajeros. Era de noche, en Buenos Aires, Argentina. Y Pablo Vago, un estudiante de diecisiete años, iba apretujado entre los pasajeros. De pronto se sintió mal, con deseos de desbocar. El movimiento del tren lo mareaba, así que salió al pasillo en busca de aire fresco.

Al salir, perdió el equilibrio y cayó entre las ruedas del tren. Cuando se levantó, mareado todavía, sentía un dolor en el brazo izquierdo. Así que se apretó la muñeca de ese brazo con la mano derecha, y pidió auxilio. En la sala de emergencia del hospital se comprobó el caso. Tenía el brazo izquierdo completamente separado del cuerpo. Los médicos trabajaron rápidamente. Suturaron nervios, venas y arterias. Seis horas duró la operación, pero al final el cirujano, satisfecho, rindió el siguiente informe:

«Cuando la sangre volvió a correr por esas arterias y venas, el brazo recobró su color normal. Era la vida venciendo a la muerte.»

¡Cuán verdaderas las palabras del cirujano! La sangre tiene un valor inmenso. Bien dice la Biblia que «la vida de toda criatura está en la sangre» (Levítico 17:11). Pablo Vago estuvo a punto de perder el brazo. Un poco más que hubiera tardado en ser atendido, el brazo se hubiera gangrenado y él hubiera quedado manco para toda su vida. Jesucristo también tuvo sus venas y arterias pletóricas de sangre. Él tuvo vida, y vida humana como la nuestra. Sintió, pensó, caminó y actuó como nosotros. Su sangre fue siempre perfectamente pura, limpia, inmaculada, porque no había pecado en Él, ni corrupción ni maldad.

Un día el Señor Jesús subió al Calvario. Y por las heridas que le produjeron los latigazos, los clavos, las espinas y el lanzazo de los soldados romanos, derramó toda su sangre. Esa sangre cayó en la tierra, y ha quedado allí hasta hoy.