27 DE MAYO · LA FUERZA DE LA ORACIÓN

Así como la experiencia del amor es única, también lo es la experiencia de la oración. Sólo la vive aquel que la practica. Hablar con Dios nunca puede ser algo aburrido, pues cada segundo que Él nos permite estar en Su presencia es un deleite impactante e indescriptible. Él nos hace sentir importantes, nos demuestra Su amor, nos revela Su voluntad, nos protege bajo Su sombra y suple todas nuestras necesidades.

Para desarrollar este hábito tan importante, debemos dedicar cada día un tiempo a ella, a solas y en intimidad con Dios.

Debemos entender que dentro de nosotros tenemos dos naturalezas, la espiritual y la carnal. Pablo dijo que el deseo de la carne es contra el espíritu y el del espíritu es contra la carne, y los dos se oponen entre sí. Por tal motivo, hay una lucha interna para poder entrar en comunión con Dios. El Salmista nos invita a esta relación diciendo: “Entrad por sus puertas con acción de gracias, Por sus atrios con alabanza; Alabadle, bendecid su nombre. Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, Y su verdad por todas las generaciones.” (Salmos 100:4,5).

La actitud de nuestro corazón determina el éxito que tengamos en la oración, pues para perseverar en ella debemos estar siempre gozosos. Un corazón agradecido es aquel que sabe reconocer la obra de Dios en cada aspecto de su vida. Las puertas que nos llevarán a una relación mas estrecha con nuestro redentor es la “gratitud”. Como lo dijo el apóstol Pablo: “Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:16-18).

La oración y la gratitud deben permanecer unidas.  Al valorarlas y hacer que éstas formen parte de nuestra personalidad, estaremos cumpliendo con la voluntad de Dios y mantendremos viva la llama del avivamiento. Dar gracias es la mejor medicina frente a la amargura, el dolor y el fracaso.

“¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:31,32.) creo que es muy difícil encontrar palabras mas adecuadas para expresar la desbordante generosidad de Dios para con sus hijos, como lo hace el apóstol Pablo en este texto. Y en su carta a Timoteo nos presenta a Jesús como ese punto de contacto entre Dios y nosotros. “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo” (1 Timoteo 2:5).

Tener una relación personal con Dios es, sin duda, una fuente de vida. Recuerde la oración es la única puerta que nos relaciona con Dios; hagamos de ella parte de nuestras vidas.