11 DE JUNIO · LA DULZURA DE LA CRUZ

Todas las grandes esperanzas de descubrir la verdadera libertad, se vieron frustradas, de la manera menos imaginable para el pueblo de Israel. Las diez plagas que arruinaron a Egipto, pero que sobrenaturalmente los judíos fueron protegidos, la muerte de los primogénitos de Egipto; pero que en los hogares de los Israelitas no hubo ni un solo muerto. La manera como Dios dividió las aguas del mar rojo, para que el pueblo de Israel escapara de la espada de Faraón, y ver como luego todo ese poderos ejercito queda sumergido en las profundidades del mar. Los cánticos que tres días atrás todas las mujeres entonaban: “Y María la profetisa, hermana de Aarón, tomó un pandero en su mano, y todas las mujeres salieron en pos de ella con panderos y danzas. Y María les respondía: Cantad a Jehová, porque en extremo se ha engrandecido; Ha echado en el mar al caballo y al jinete.” (Éxodo 15:20,21).

Toda esta alegría desapareció en un solo instante. Un pueblo que recién estaba saliendo de la esclavitud, después de cuatrocientos años de opresión por el yugo de los verdugos, era algo a lo que ellos no estaban acostumbrados, y no entendieron que ya eran libres, pero se estaban comportando como esclavos. Y el himno permanente de los esclavos siempre ha sido la queja y la murmuración.

Solo hubo un hombre en toda la nación que hizo lo correcto: Moisés, este levanto su voz y oro a Dios y el Señor le revelo cual sería la solución. “… y Jehová le mostró un árbol; y lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron.” (Ex 15:25b). ¿qué fue lo que hizo toda la diferencia? La oración de un hombre con un corazón dispuesto y sencillo y la respuesta divina es que Dios le revela un árbol y lo único que hizo fue arrancar el árbol y arrojarlo a las aguas y estas se endulzaron.

Debemos comprender que ese árbol es un prototipo de la Cruz donde murió Jesús en el Calvario. No importa cuánta amargura hayamos estado bebiendo en nuestro recorrido por esta vida, a través del poder de la Cruz, lo amargo se convierte en dulce. Recordemos que desde el momento en que el Señor Jesús estaba en el huerto del Getsemaní, “Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.” (Mateo 26:39). Antes de esta oración el Señor les dijo a sus discípulos: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte.”

El Señor se sometió a la voluntad divina, y acepto la cruz, y la muerte de él en ese madero, se convirtió en el plan divino que endulzaría las aguas amargas que se nos puedan presentar en nuestras vidas.