27 DE MARZO · LA VICTORIA DE LA CRUZ

Un pequeño niño de escasos recursos, hijo de un carpintero muy bueno que con lo poco que gana le era suficiente sólo pagarle la educación a su hijo.

Era un niño muy inteligente y tan bueno en el colegio como trabajando la madera como su padre. Nunca había tenido un juguete de verdad, siempre había querido tener uno, pues su papá no podía dárselos.

Un día sábado, se levantó temprano con el ánimo de construirse un barquito, uno pequeño; al él no le importaba el tamaño de su barco, sólo quería tener un juguete; comenzó dándole forma a la madera con toda su ternura, retocando los detalles uno por uno, muy suavemente puliendo la madera y así hasta terminarlo, duró una semana contrayéndolo y cuando lo terminó, muy feliz jugó con él en el parque de enfrente; por el parque cruza un pequeño arroyo en donde jugó con su barquito, jugó y jugó y nunca se cansó de jugar, jugó hasta caer la noche, y ya siendo tarde decidió jugar con su barquito por última vez, jugando, resbaló con el barro de la orilla del arroyo y el barco fue arrastrado por la corriente.

El niño lloró desesperado, corrió pero nunca pudo alcanzarlo, al regresar a casa, se tiró en su cama y toda la noche lloró su único juguete, el que él más quería, el que hizo con sus propias manos.

El niño, todos los días después del colegio pasaba enfrente de una juguetería y tristemente recordaba su juguete perdido.

Pasado el tiempo, en una de sus visitas a la juguetería, se estaba vendiendo un barquito muy bonito, que para su fortuna era el mismo barquito que anteriormente construyó, animado, entró a la juguetería y pidió su barquito, pero el dueño le dijo que lo tenía que comprar; Alfredo salió corriendo a buscar cómo comprarlo, y luego de algunos días tenía nuevamente el barquito en sus manos y exclamó “ahora eres doblemente mío porque te hice y te compré”.