22 DE NOVIEMBRE · LA RECONCILIACIÓN

Si le preguntamos a un judío: «¿Qué concepto tienes tú de la cruz?», él nos va a decir: «Es un lugar de maldición. Ahí es donde morían los delincuentes más peligrosos de la nación». Cuando la primera pareja pecó, ellos estaban en el huerto del Edén. En este huerto había dos árboles que más sobresalían: el árbol de la vida y el árbol del conocimiento de lo bueno y de lo malo. Si el hombre tomaba del fruto del árbol de la vida, viviría para siempre. Sería como los ángeles, que no morirían. Pero si el hombre tomaba del fruto del conocimiento de lo bueno y de lo malo, sería la muerte tanto física como espiritual.

El hombre escogió el árbol prohibido, comió de su fruto y, por causa de esto, Dios lo sacó del paraíso. Adán y Eva perdieron todos sus privilegios; abrieron los ojos a una realidad muy distinta de la que habían percibido hasta ese entonces; se vieron forzados a conocer la aflicción, la enfermedad, el dolor, la pobreza, la ruina, la soledad. Tuvieron que sufrir los efectos de sus propios pecados. Ahora, Dios tendría que establecer otro árbol. Este árbol sería diferente; tendría dos palos, un palo vertical que mirara a Dios y un palo horizontal que mirara las necesidades de la gente. Ese árbol es el árbol de la Cruz. El hombre, por tomar del fruto del árbol equivocado, quedó fuera del paraíso, y Dios tuvo que usar otro árbol para que todo aquel que comiera de su fruto pudiera restaurar su relación con Dios y recibir todos los beneficios que el hombre, por su pecado, había perdido.

Para Pablo, la Cruz era el lugar donde el mundo había sido crucificado para él, y él para el mundo (Gálatas 6:14). Jesús nunca conoció pecado, pero en la Cruz, Él empezó a absorber las maldiciones de toda la gente. Se convirtió Jesús en una especie de imán que atraía las maldiciones de las personas. Maldiciones generacionales empezaron a ser atraídas a este lugar de la Cruz. Al profeta Isaías, Dios le dio un entendimiento tan claro sobre la obra redentora como a pocos profetas en la antigüedad. Isaías escribió: «¿Quién a creído a nuestro anuncio? ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová?» (Isaías 53:1). Y en el resto del capítulo da una descripción de lo que fue la redención, cuyo cumplimiento sucedió unos setecientos años después. Jesús tomó nuestro lugar y sufrió nuestro castigo.

Pablo dijo: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)» (Gálatas 3:13). Uno de los hombres que moría crucificado al lado de Jesús creyó en Él y le dijo: «Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino». ¿Jesús le contestó: «La salvación viene dentro de mil años?» ¡No! Le dijo: «Hoy pasarás y estarás conmigo en el paraíso». En el mismo día en que tú entregas toda tu vida a Jesús, pasas de la maldición al paraíso de la bendición.