MARZO 9 · LA MEJOR COMPAÑIA

Los que trabajamos en el ministerio, sabemos que la mayoría de personas que que anhelan servir a Dios tienen muchas heridas emocionales y lo que mas necesitan es una palabra de dirección y consolación. Todo aquel que anhele crecer en su llamado espiritual, debe aprender a consolar otros, como lo hizo el Espíritu Santo con los creyentes de la Iglesia primitiva. Jesús dijo: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (Juan 14:16). Una de las necesidades más apremiantes del ser humano es llenar los vacíos emocionales de su corazón. La gran mayoría de la gente ha sido víctima del rechazo, ha sido maltratada, humillada y menospreciada, y no tiene a quién acudir. Mientras Jesús estuvo en este mundo, Él pudo suplir las necesidades de las personas, y ese fue el rostro que le dio a Su ministerio. 

 

En su primera conferencia en público, llevada a cabo en una sinagoga, Cristo leyó lo que el profeta Isaías había escrito sobre la manera como Él desarrollaría Su ministerio: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Lucas 4:18,19). El Maestro sabía que para poder consolar eficazmente a las personas precisaría la ayuda del Espíritu Santo, pues el corazón de Dios arde de compasión por aquellos que se sienten desprotegidos en este mundo. 

 

La sanidad del alma es una de las principales obras que el Espíritu quiere realizar en aquellos que se han sentido lastimados en su interior. Jesús, como el buen samaritano, dejó a un lado Sus actividades para dedicarse a sanar el corazón de un hombre herido. Eso es exactamente lo que Dios quiere que nosotros como siervos suyos hagamos con quienes nos rodean.