18 DE NOVIEMBRE · LA LLAVE DE LA PREDICACIÓN

Antes de el Señor confiarle a Pedro las llaves del Reino, el Señor lo primero que hace es cambiarle su nombre; pues este iba ligado a su naturaleza. Simón que significa caña, lo cual se relaciona con lo débil e inconstante y Pedro significa Piedra, lo cual es sinónimo de firmeza, fuerza y fortaleza.

Pedro fue el primero que abrió con esta llave el Reino de los cielos cuando predicó en el día del Pentecostés y tres mil personas se convirtieron. También la utilizó cuando predicó más tarde en la casa de Cornelio, dando inicio a la iglesia gentil (pues aquellas personas no eran judías). Dios quiere que cada uno de nosotros aprenda a usar el poder de la predicación de la Palabra. Pablo escribió: “Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder” (1 Corintios 4:20). Cuando usamos su Palabra, pura y fiel, Dios hace cosas extraordinarias.

“Así será la palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía sino que hará lo que yo quiero y será prosperada en aquello para que la envié” (Isaías 55:11). Cuando la Palabra de Dios es predicada en la unción del Espíritu Santo, es respaldada con señales y prodigios. De este modo, la gente siente la convicción de pecado que la lleva a doblegar su corazón ante el amor y la compasión de Jesús. Cuando el Señor envió a sus apóstoles a que predicaran, les dijo: “Sanad enfermos, limpiad leprosos y resucitad muertos…” (Mateo 10: 8) nos enseña la manera cómo el Señor los comisionó para que predicaran el evangelio.

No hay manera de transformar familias y ciudades sino es a través de la predicación de la Palabra; ella crea el ambiente de la gloria de Dios. Por eso, cuando un lugar está saturado de la Palabra, allí también hay mover angelical. El predicador es como un atalaya, que tiene la capacidad de ver el peligro y advertir a la gente para que éste no los alcance.

Nosotros tenemos la medicina que la gente necesita para curar las heridas del alma y del cuerpo; tenemos la póliza más efectiva de protección total para las familias. Y además, tenemos la unción de restauración para hacer que el corazón del padre se vuelva al hijo, y el del hijo se vuelva al padre; para que los cónyuges detengan toda ofensa entre ellos y decidan perdonarse, viviendo bajo la paz y la bendición de Dios. “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Josué 1:8).

Cuando la Palabra de Dios mora en nuestro corazón será muy fácil poderla comunicar, porque dentro de nuestros corazones se enciende un fuego que nada lo puede apagar.