AGOSTO 17 · LA GRACIA DEL PERDÓN

Antes de la redención dada a través de nuestro Señor Jesús, el pueblo de Israel apelaba a los sacrificios de animales, como sustitutos de sus pecados; pero esto no fue suficiente. El escritor a los Hebreos dijo:

 “y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención”. (Hebreos 9:12).

No había otra manera de redimir la humanidad sino a través de la Sangre de Jesús. Redimir significa rescatar, quitar las vidas de las manos del verdugo. Debemos entender que la redención implica un costo y que en verdad el precio a pagar era muy alto; no se podía comprar con dinero, ni con buenas obras, el único medio era a través de la Sangre de Jesús.

El patriarca Job en medio de su prueba preguntó al Señor: “¿Y por qué no quitas mi rebelión, y perdonas mi iniquidad?” (Job 7:21a). Unos versos más tarde él mismo se da la respuesta haciendo otra pregunta: “…¿Y cómo se justificará el hombre con Dios? (Job 9:2). El Apóstol Pablo dijo: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero” (Gálatas 3:13).

A través del salmista Dios responde al interrogante de Job, que es el mismo que tienen muchas personas a través de todas las épocas: “Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate (Porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás)” (Salmos 49:7-8). Ninguna persona puede redimir a otra ni dar a Dios el precio del rescate para que Dios lo perdone. La muerte de Jesús fue nuestra muerte al pecado. El castigo de Jesús reemplazó el castigo que nosotros merecíamos y solamente con creer en Él, somos libres de toda condenación y de toda culpabilidad. Al entender el poder de Su Sangre lo debemos proclamar con todo nuestro corazón y declararlo para que nuestra confesión sea oída por Dios y los ángeles, pero también por el diablo y los demonios.