FEBRERO 7 · LA GLORIA POSTRERA

El templo de Dios era el eje de dirección para Israel. Sin embargo, el pueblo permitió ciertas cosas que trajeron juicios del Señor sobre su nación, y una de las consecuencias fue la destrucción del templo. Por esta razón, sufrieron muchas adversidades como la división de Israel que, de doce tribus, diez se esparcieron por un lado y las otras dos, por otro. Luego, cada tribu tuvo su propio juicio y vino lo que se dio a conocer como la dispersión o diáspora; los israelitas fueron llevados en cautiverio a otras tierras. 

Más tarde, Dios tuvo que mover a Su pueblo a regresar a Jerusalén y comenzar la reconstrucción del templo. Aunque habían regresado a su tierra cada uno seguía desviado del propósito principal. Permanecían en un gran conformismo y, por causa de ello, sus problemas los absorbieron de tal modo que quitaron la vista del objetivo primordial que era reedificar la casa de Dios. Cada uno perseguía el fin de la provisión financiera propia, y prácticamente la visión de restaurar el templo de Jehová se fue desvaneciendo poco a poco. Entonces, el Señor tuvo que enviar a Su profeta para dar una palabra fuerte de exhortación al pueblo. 

Dios nos tiene que llevar a una dimensión donde seamos verdaderos conquistadores, y seamos agresivos en la predicación del evangelio y que disfrutemos salvando y restaurando vidas, para que ellos también glorifiquen a Dios. Salomón escribió: “Libra a los que son llevados a la muerte; Salva a los que están en peligro de muerte. Porque si dijeres: Ciertamente no lo supimos, ¿Acaso no lo entenderá el que pesa los corazones? El que mira por tu alma, él lo conocerá, Y dará al hombre según sus obras”. (Pr. 24:11,12).