SEPTIEMBRE 8 · LA FE QUE AGRADA A DIOS

La fe es el único requisito que Dios exige para acercarnos a Él. El Señor no permite ni acepta otro método diferente al de la fe para tener comunión íntima con Él. Una cosa es saber que Dios existe, pero otra es tener una relación personal y permanente con el autor de la vida, y sólo puede lograrse a través de la fe. La fe es esencial y no puede ser sustituida ni cambiada absolutamente por nada.

Todos por naturaleza creemos en algo o en alguien, pero la fe va mucho más allá, nos da la certeza de que ese ser superior existe, y la convicción plena de que Él vive dentro de nosotros. 

La fe no debe ser fundamentada en sustituciones o representaciones de Dios, en nada que se pueda ver, tocar o palpar. “Porque por fe andamos, no por vista” (2 Corintios 5:7).

La fe nos relaciona con el mundo invisible y eterno, donde está el gobierno de Dios con su corte  celestial, nos saca del contexto humano y nos transporta hasta los umbrales de la gloria divina; la fe es dejar nuestras debilidades y flaquezas al pie de la Cruz, para vestirnos de la fortaleza invencible del Espíritu de Dios, es salir de un mundo de fracaso y derrota para transitar por las calles sólidas del éxito y la prosperidad, es unirnos en coro al himno del salmista y decir: “Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días” (Salmos 23:6).

La fe tiene el poder de transformar lo absurdo en algo lógico, lo vil y menospreciado en algo útil y bendito para el mundo.

Hay perdonas que no se sienten dignas de ser parte de la Obra de Dios, creen que no pueden ser usadas por Él, pero al conectarse con la fe alcanzan a comprender que el Padre sí tiene un gran propósito con sus vidas y que junto a Él lo cumplirán.