FEBRERO 18 · LA COMPASIÓN QUE ACTIVA LOS MILAGROS

Eliseo fue discipulado por Elías. Éste le contó cómo había resucitado al hijo de una viuda, cómo lo había llevado a su cuarto, lo había tomado en su regazo y había orado a Dios por el milagro. En el caso de la sunamita, su hijo yacía muerto en su cuarto; Eliseo pudo entender que en cada situación Dios actúa de una manera diferente. Y aquello que había funcionado para Elías, no significaba que debía funcionar con él. Eliseo sabía cómo el principio era el mismo y si Elías había podido resucitar al hijo de la viuda, él también podría resucitar al hijo de la sunamita, pero decidió elaborar su propio método.

Mandó a Giezi a poner su báculo sobre el rostro del niño. Ese bastón o cayado tipifica la enseñanza que a veces un pastor da a su discípulo, pero sin unción para luego enviarlo a trasmitirla a otros sin que nada suceda. El báculo se puede convertir en algo impersonal y externo, y por lo tal, carecerá de poder. De la misma manera, las enseñanzas que sólo llegan a nuestra mente y no descienden a nuestro corazón estarán faltas de fuerza, serán como una vara en el rostro de la persona. Cuando la enseñanza llega al corazón y se convierte en parte de cada uno de nosotros, alcanzamos una gran compasión por salvar a los perdidos disponiéndonos a clamar con todo nuestro ser por su redención.  

Dios anhela que de nuestros corazones brote una profunda compasión por quienes aún no son salvos, permitiendo que el Espíritu Santo inspire Su Palabra de vida en nuestro interior para que cuando la proclamemos puedan oír la voz del Señor diciéndoles: “Levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo” (Efesios 5:14b).

¡Hoy es el día de salvación!