AGOSTO 10 · LA BENDICIÓN DEL NUEVO PACTO

¿Cómo podría Dios hacer un pacto con la casa de Israel y enseñarle lo que declaró a través de Jeremías si no se producía un cambio en el código genético? Porque la sangre fluye por todo el cuerpo, la mente y bombea en el corazón y es allí donde debe producirse un verdadero y completo cambio. Usted no es cristiano porque entona hermosos himnos, porque recita algunos versos bíblicos o porque asiste a servicios religiosos; usted es cristiano porque gracias a que un hombre llamado Jesús, se apropió de toda nuestra contaminación interna que estaba en  nuestro código genético, y con su muerte en la cruz del calvario canceló toda la maldición que había en nosotros por causa del pecado de Adán y gracias a Su muerte y resurrección, la maldición, que estaba representada en esa marca del pecado original, y por la fe en Jesús, nos revistió de un nuevo hombre creado a la imagen y semejanza de Dios.

En la última cena, Jesús “… tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Lucas 22:20). Al declarar esta palabra, Él tomaba lo dicho por el profeta Jeremías, para ratificar que ese era el nuevo pacto. El nuevo pacto está en la sangre. “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá…”(Jeremías 31:31) “Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jeremías 31:33). Por medio de la Sangre de Jesús, a través del cambio de ADN, dentro de cada uno de nosotros, podemos relacionarnos con Dios.

Podemos ver que hay dos vertientes; una de Adán y la otra de Jesús; y es el código genético de la sangre, la que define el resultado de sus descendientes. El Apóstol Pablo dijo: “Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” 

(1 Corintios 15:50). Y el escritor a los hebreos refiriéndose a la obra redentora de Jesús dijo:  “Y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención” (Hebreos 9:12).