24 DE SEPTIEMBRE · LA BENDICIÓN DE LA PROSPERIDAD

Creo que es importante entender que existe una gran diferencia entre ser próspero y ser rico. Normalmente, cuando se habla de ser rico, se hace referencia a una persona acaudalada y propietaria de muchos bienes; pero una persona puede ser próspera sin que sea acaudalada ni rica. Por ejemplo: Cuando Jesús vivió en la tierra, no tenía riquezas, pero fue próspero; no podríamos decir que el Señor era pobre; Él era próspero, porque un pobre no puede alimentar a miles de personas en un solo instante y Jesús lo hizo.

Aunque el Señor no andaba con dinero en el bolsillo, y tampoco tenía cuando le fueron a cobrar los impuestos, pero Él sabía que había una fuente de provisión directamente en Dios, y le dijo a Pedro: “ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti.” (Mateo 17:27).

Comprobamos de esta manera la prosperidad del Señor. Aunque no hizo alardes de bienes materiales, siempre tenia lo que necesitaba.

Todo el ministerio terrenal del Señor fue próspero, y esto se explica en la capacidad de sanar a tanta gente, porque Él, de su prosperidad estaba dando de su medicina, de su sabiduría, enriqueciendo a mucha gente; el Señor vivía en la dimensión de la prosperidad.

Pablo escribió: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor de vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9).

La integridad es un resultado de la generosidad. A Caín lo destruyo su egoísmo, y a Judas lo aniquilo su avaricia. Ananías y Safira murieron porque se retractaron de la ofrenda que le habían prometido a Dios.

Los hombres que tocaron el corazón de Dios pudieron demostrar con su generosidad su entrega total a El.

La ofrenda de Abel aun habla hasta el día de hoy, Abraham estuvo dispuesto a ofrendar a su propio hijo, y Dios se agrado tanto de esto que dijo: “Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos” (Génesis 22:16-17).