21 DE ENERO · JUSTIFICADOS POR LA SANGRE

Cuando Martin Lutero confesaba sus pecados en el monasterio, siempre estaba con el temor de haberse olvidado de alguno o de no haber reconocido otros. Lo que más le frustraba era darse cuenta de que, aun si podía saldar sus cuentas con Dios hoy, el proceso volvía a empezar otra vez mañana. Siempre se sintió descompensado en su relación con Dios. El confesar sus pecados era como tratar de secar el suelo cuando hay una llave abierta.

Lo que Lutero necesitaba era un acto divino que arreglara su relación con Dios de una vez y para siempre. Necesitaba la seguridad de que a pesar de los pecados que pudiera cometer mañana, su futuro con Dios estaba ya arreglado para siempre. Las buenas noticias de la justificación por la fe es que la justicia de Dios nos cubre por la eternidad. Los pecados que hayamos cometido, o que podamos cometer, fueron cargados por Cristo en la Cruz hace dos mil años. Poner nuestra fe y confianza en Cristo significa que nuestra deuda con Dios queda cancelada para siempre. La justificación no es un proceso largo y tortuoso con un final incierto.

La justificación Es confiar en Cristo para satisfacer a nuestro favor las demandas de Dios. Él demanda santidad cada día y Cristo es nuestra justicia delante de Dios. Cristo va a estar allí por mi mañana y pasado mañana. Hebreos 10:10,14 enseña la perfección del sacrificio de Cristo y la consumación de nuestra justificación delante de Dios. Hubo una sola ofrenda de Cristo, y aquellos que confían en él son hechos “perfectos para siempre”. No somos justificados poco a poco a medida que vamos cumpliendo con ciertos deberes religiosos, si no en un solo acto completo y para siempre.