2 DE FEBRERO · JESÚS NUESTRO LIBERTADOR

Escucha esta historia: El Hijo se acerca a su Papá y le dice, “yo no entiendo para qué tengo que leer y memorizar la Biblia si después no recuerdo nada”. El padre se queda mirándolo, toma una canasta muy sucia y le pide al hijo que lo lleve hasta el río, lo llene de agua y lo traiga de regreso a la casa.

El hijo obedeció, llenó el cesto de agua y de regresó. Como el cesto estaba lleno de agujeros, cuando llegó a la casa, ya no quedaba nada de agua. Su Padre le pregunto: ¿Qué aprendiste? Mirando la canasta, el hijo dijo:

Aprendí que este cesto no sirve para cargar agua.

El padre le pidió que repitiera la tarea. Lo hizo 10 veces más, y al verlo cansado el padre le volvió a preguntar: ¿Hijo qué aprendiste? Al mirar el cesto, el niño quedó asombrado y dijo: ¡aprendí que el cesto estaba sucio, y ahora está limpio!

El padre respondió: ¿Te fijas, hijo? A pesar de que el cesto no guarda el agua, la repetición constante de llenarlo y vaciarlo logró quitar lo sucio y lo dejó limpio. Entonces el hijo se molestó y dijo: ¿me has hecho caminar tantas veces para limpiar el cesto?

Hijo, me preguntas porqué es necesario leer la biblia constantemente. Con esto has podido aprender, que así como el cesto sucio se puede limpiar sin retener el agua, no importa que no consigas recordar todos los textos de la Biblia. Lo que de verdad importa, es que cada vez que lo haces estás siendo limpio y conoces el carácter de Dios.

Lee la Biblia, siempre obtendrás un fruto incomparable.