17 DE AGOSTO · JESÚS NUESTRO LIBERTADOR

“Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” Juan 8:31-32 Esta es, sin duda, una de las mayores necesidades que experimenta el ser humano. En la sociedad actual, uno de los problemas más arraigados que las personas experimentan, es el vacío espiritual. El ser humano es el único, entre todos los seres de la creación, que muestra una tendencia al aburrimiento, porque ha cambiado los valores primordiales que existen en él. El espíritu es la parte del ser humano que puede comunicarse directamente con Dios.

La Biblia dice que el pecado del hombre ha matado el espíritu; así que, si el espíritu está muerto, el ser humano va a aburrirse. A través del tiempo, el hombre no ha pensado que la solución de su problema es volver el rostro a Dios sino que ha buscado sustitutos y ha inventado todo tipo de diversiones y distracciones para pasarla bien, porque tiene que librar interiormente su más grande lucha y él quiere acallar la voz de la conciencia que le grita que su espíritu necesita vida. Lo que le interesa es la apariencia externa, sin medir las consecuencias tanto en esta vida como en la eternidad.

El Dr. Billy Graham decía que el ser humano es parecido a esos hermosos vehículos que se exhiben en vitrinas, tan bellos por fuera pero sin una gota de gasolina por dentro. Se esfuerza por aparentar ser lo mejor de la sociedad, pero por dentro carece del combustible divino del Espíritu Santo, y por eso está muerto. Jesús es el Verbo de Dios encarnado que ha existido por los siglos de los siglos; sabemos que en Él está la vida, que Él es la luz del mundo y que aquel que le sigue no andará en tinieblas. Sabemos que Él es el Pan de Vida. Que Jesucristo es la resurrección y la vida, y que el que creyere en Él aunque esté muerto vivirá, resucitará.

Cuando un general romano obtenía una victoria, el Senado se reunía y aprobaba como ley el honrarlo. Se le asignaba una carroza jalada por un caballo blanco, el general iba en ella y el pueblo salía a aplaudirle, todos proclamaban vítores y ovaciones a ese hombre por el triunfo obtenido. Detrás del general iban encadenados aquellos que él había logrado tomar cautivos. “Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento” (2 Corintios 2:14).

Esto quiere decir que usted no está en la muchedumbre aplaudiendo al general victorioso, sino significa que usted va en la carroza donde va su general llamado Jesús. Usted puede hacer suya esta verdad poderosa y aplicarla por la fe, disfrutando del poder de Su gracia en cada una de las áreas de su vida. La validez de Su sacrificio es eterna y es por esto que está vigente para cada uno de nosotros hoy.