17 DE DICIEMBRE · JESÚS, EL VERDADERO AMOR

Los fariseos era un grupo de personas religiosas pero muy legalistas. Uno de ellos, llamado Simón, invitó a Jesús a cenar a su casa. En aquel tiempo la gente transitaba en calles que no estaban pavimentadas, sino muy polvorientas y sucias; tampoco utilizaban zapatos cerrados como hoy en día, sino que solo tenían sandalias. Al llegar a este hogar, Jesús entra y se sienta frente a la hermosa mesa que su anfitrión con mucho esmero había preparado y al instante una mujer se le acerca. No era una mujer respetada, sino más bien repudiada por la sociedad; una mujer conocida, pero no por su buen testimonio o estilo de vida; una mujer de una conducta muy cuestionable.

Aquel fariseo que había centrado su religiosidad en lo externo, pues se consideraba una persona pulcra, de buenos modales, impecable en su vestir, etc., ve que, sin pedir permiso, la mujer entra a su casa, y quedó pasmado. No solamente entró así, sino que se aferró a los pies de Jesús y luego empieza a besarlos. El fariseo tenía una imagen mental negativa de la mujer, pero de pronto sucede algo, ella quiebra su corazón y empieza a llorar, y llorar y llorar, bañando los pies de Jesús, y con sus cabellos empezó a secarlos, sin dejar de besar los pies del que era su única esperanza. Con gran ternura y delicadeza, llevó su mano al bolsillo para sacar un frasco de alabastro; éste era un perfume muy costoso que era como el tesoro que las mujeres tenían.

Muy diferente a lo que conocemos hoy en día, este frasco de alabastro no era un perfume que se podía destapar, usar, volver a tapar. Una vez que este frasco se abría ya no se podía guardar, se debía usar por completo. Aquella mujer derramó en los pies de Jesús su más preciado tesoro rompiendo su frasco de alabastro. Al momento la casa se llenó de un precioso aroma, pero esto incomodó al fariseo quien empezó a pensar mal, ya no de la mujer, sino del mismo Jesús y “…dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora” (Lucas 7:39). El Maestro respondió: “… vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama” (Lucas7:44-47).

Dos personas con diferentes niveles culturales, con diferentes pasados, pero sólo una reconoce sus faltas y se arrepiente, mientras que la otra pensaba que Dios se beneficia del servicio que realizaba. El fariseo tenía un concepto excesivamente alto de sí mismo, por lo cual el Señor le dijo que su amor estaba en la escala más baja, porque quien siente que mucho se le perdona, poco, poco ama. Esta mujer por medio de sus acciones expresó gratitud, amor y compromiso para con Dios.