30 DE MAYO · FUIMOS ESCOGIDOS POR DIOS

En una de las reuniones de avivamiento celebradas por J. Wilbur Chapman, cierto hombre dio su testimonio diciendo: “El pecado hizo un pordiosero de mí, sin hogar ni respetabilidad. Me trasladé a Pensilvania escondido en un tren de mercancías y por un año mendigué en las calles. Un día toqué a un hombre por la espalda y le dije: ¿Señor, quisiera usted darme un penique? Cuando el caballero se volvió, reconocí el rostro de mi anciano padre a quien no había visto por años. Gozoso, pero profundamente humillado, le dije: Padre, ¿no me conoces? Cuando se cercioró de la verdad, a pesar de mi transformación y de los andrajos, echó sus brazos alrededor de mi cuello y con lágrimas en los ojos, me dijo: -“¡Oh, hijo mío…! ¡Te he hallado! No tienes que pedirme un penique, pues todo lo que tengo en el mundo es tuyo”.

Piensen bien, amigos lectores, estaba mendigando un penique a mi propio padre que por dieciocho años había estado buscándome para darme todo lo que poseía. Cuando Jesús quiso darnos una ilustración del amor divino, escogió la figura del padre del hijo pródigo. “Ciertamente, el amor de Dios ha sobreabundado en nosotros mucho más de lo que pedimos o entendemos”.

Cuando el Apóstol dice que de una sangre ha hecho todo el linaje de la tierra, es porque el ADN, nuestro código genético, tiene un trasfondo: Adán. De ese linaje venimos todos. “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” (Isaías 53:6-7).

Por Su muerte y Su resurrección, Jesús se convirtió en el segundo hombre con un nuevo código genético.

Cuando Jesús vino a este mundo lo hizo con el propósito de salvar al hombre y al mundo que Dios había creado para sí. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Dios no aborreció a este mundo por causa del pecado del ser humano, sino que lo amó y preparó un plan perfecto de redención empezando con el mismo hombre.

Dios tenía un propósito definido con todos aquellos que iban a depositar su fe en Jesús, Su Hijo. Para cumplir con este propósito, el Espíritu Santo realiza una obra específica con cada creyente: Los regenera, los adopta y los santifica.

A través del profeta Jeremías el Señor dijo: “Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jeremías 31:33). Por medio de la Sangre de Jesús, a través del cambio de ADN, podemos relacionarnos con Dios.